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lunes, 9 de octubre de 2017

Recuperar nuestro país

Cuando el voto no sirve absolutamente para nada, o se vive en el exilio interior, o se vota con los pies, marchándose a otro lugar. Los catalanes están intentando hacer esto último de forma colectiva.


Mientras escribo esto, el 5 de octubre de 2017, en Madrid, a mí alrededor veo florecer un frenesí identitario bastante bobo. En el sector de al lado, a dos metros de la puerta de acceso a mi puesto de trabajo, alguien ha colocado una enorme bandera española, que lógicamente he solicitado al responsable del edificio que sea retirada, al considerar que simboliza un apoyo a las actuaciones del gobierno que en este lugar no es ni mucho menos unánime. En un trabajo donde se debe forzosamente colaborar no es cuestión de hacer alarde de símbolos que puedan llevar a confrontación (me ha contestado que elevará hacia arriba la solicitud, dado que excede de sus competencias, y que el grupo empresarial debería tener una postura sobre esta cuestión para todas sus oficinas).

Me llama poderosamente la atención esta inflación emocional que contrasta de forma muy llamativa con el escaso sentido crítico hacia el sistema político español, definido en la Constitución del 78 y algunas otras normas fundamentales. Hace poco menos de cuarenta años unos cuantos franquistas se reunieron en secreto a redactar una constitución, que luego se ofreció al pueblo como única alternativa a una dictadura. Trascurridas esas cuatro décadas nos encontramos con la corrupción desbordando por todos los rincones del país, con un enorme agujero financiero en el sistema de cajas de ahorro quebradas y con el país al borde del conflicto civil o la secesión por haber sido imposible plantear un referéndum en Cataluña dentro del marco de esa constitución. Referéndum que, hace unos meses, se habría ganado fácilmente.

Así pues, esto supone un gran misterio, como hay personas que siguen apoyando (revistiéndolo con símbolos “neutrales” como la bandera del régimen)  un gobierno que por no perder sus privilegios está jugando con el pan y la salud de todos nosotros, llevándonos por un camino en el que pueden ocurrir cosas gravísimas para nuestra economía y la integridad de las personas.

La respuesta es múltiple y sólo puedo aventurar algunas hipótesis, añadid la vuestra. En primer lugar, la capacidad de unos partidos políticos que lo controlan todo para establecer el marco del debate, desvinculando por completo la convivencia pacífica de las normas que deben regularla, o la quiebra de las cajas de las atribuciones concedidas a los políticos, o la corrupción con el hecho de que el sistema preselecciona sólo políticos corruptos y mediocres, que luego ofrece a la ciudadanía para que ellos vivan la fantasía de una libre elección entre el corrupto A y el corrupto B.



Los partidos crean el marco del debate, y eligen el que a ellos les conviene, la sociedad civil no tiene capacidad, ni madurez (y ambas cosas se retroalimentan) para introducir otro marco. Así se atribuye la corrupción a causas culturales (los españoles somos así), aunque en la ingeniería, negocios, deportes, arte, y tantas y tantas cosas seamos ejemplares, cultos, preparados y trabajadores.

Esta primera causa es sin duda autóctona, pero crece sobre un terreno abonado por la sociedad global en la que vivimos. Vivimos en sociedades con un déficit político crónico, y no sólo político, democrático. Cómo dice mi amigo Carles Sirera el Reino de España se fundó sobre la excepcionalidad moral, y en este país aquellos que buscan reparación y justicia para las víctimas (del franquismo) están movidos por el odio. En realidad el caso español se trata de la millonésima vez que se repite este argumento en nuestro mundo liderado por la ideología ilustrada (y sus ramas liberal y marxista). En nuestra sociedad el despotismo ilustrado y sus variantes dulcificadas tienen mucha aceptación. Esto ya lo mostró Voltaire en el siglo XVIII, cuando dijo sobre el autócrata y belicista Pedro el Grande:

Admito que era un bárbaro; pero con todo, era un bárbaro que había hecho el bien a los hombres; fundó ciudades, construyó canales.

En definitiva se trata de que los trenes lleguen a su hora. Y en España los trenes llegaban a su hora, y llegaba el iPhone, y los coches de alta gama, aunque el sueño de la prosperidad fuese más bien la pesadilla de una burbuja inmobiliaria que todavía no ha terminado de caer sobre nosotros. A veces la ética, la moral, el juego limpio, importan más que la riqueza fácil, porque son más sólidos.

Por último, señalaré una tercera razón, la globalización, el auge del neoliberalismo. Lo expresó así el gran Pierre Bordieu

En nombre de este programa científico de conocimiento, convertido en programa político de acción, se cumple un inmenso trabajo político (denegado, porque en apariencia es puramente negativo), que busca crear las condiciones de realización y de funcionamiento de la “teoría”: un programa de destrucción sistemática de los colectivos.

Cuando existían colectivos, sindicatos, asociaciones de vecinos y movimientos de todo tipo, la política era algo más cotidiano. Hoy eso ya no existe, comenzó a desmontarse en los años ochenta, y la política es cuestión de elegir, como consumidores que somos, y las opciones a elegir son el mediocre corrupto A o el mediocre corrupto B, y con la ceremonia de esa elección queda salvaguardada la narrativa de una democracia.

Los liberales son muy agudos en ocasiones, y no es la primera vez que cito a Milton Friedman, aunque esta vez esté en desacuerdo con él:

Si alguna vez quieren saber cómo votan las personas el signo más seguro es cómo votan con los pies

Yo diría que el signo de que una democracia no es funcional y que por lo tanto el voto no vale para nada es cuando la gente vota con los pies, y en este país mucha gente ha votado con los pies en los últimos años, y ahora los catalanes quieren votar al unísono con los pies.

Claro que su postura es egoísta, como la de todos los nacionalistas, incluidos los españoles, pero ello no debería implicar que no estén a gusto dentro del estado español. Se puede ser egoísta y permanecer en una comunidad de vecinos ¿verdad?

El problema del nacionalismo es un problema estrictamente moderno, nace con la modernidad como consecuencia de la revolución industrial y de unificar el mercado creando una “economía nacional”, así nos lo cuenta el historiador Eric Hobsbawm en Naciones y nacionalismo desde 1780 (aquí podéis leerlo íntegro) o Karl Polanyi en el capítulo V de La gran transformación (aquí podéis leer el libro íntegro) titulado La evolución del patrón de mercado.

En aquella época (recordemos que anteriormente los Estados no eran más que los territorios regidos por un monarca) fue necesario un proceso de homogeneización, para crear un mercado único nacional. Ello implicó crear una lengua oficial, y unificar leyes, que anteriormente eran muy locales (por ejemplo todo lo relativo al trabajo estaba regido por gremios). Todo ello fue una ruptura, y lo que antes estuvo regido por la tradición o la religión, hubo que “modernizarlo” y hacer que estuviese regido por la razón.

Lo que estaba en juego, de manera muy especial, era que la población se identificase con su gobierno y pudiese ser movilizada por este. Las razones que en la práctica funcionaron para fundar una nación fueron, según Hobsbawm, en un primer momento, la asociación histórica con un estado, la existencia de una antigua élite cultural y la probada capacidad de conquista. Algunas décadas después todo esto se definió de forma un poco más precisa como compartir la lengua nacional, la etnicidad, la religión y la “conciencia de pertenecer o haber pertenecido a una entidad política duradera” (nación histórica).

La nación funcionó como concepto no porque lo dijera el denostado Fitche, que no fue más que un simple registrador de lo que estaba pasando. Funcionó porque cubre una necesidad humana, la pertenencia, el grupo, la comunidad. Crear un mercado nacional implicó la creación de numerosas instituciones públicas, y el estado comenzó a funcionar como centro de redistribución de riqueza. Ello implica que cuanto más fuerte es el estado más seguridad para el individuo, por tanto la identificación con él cubría también necesidades de seguridad. Esto es así para las clases populares, las élites, curiosamente desde los ideales de la izquierda, siempre han sido apátridas porque no han necesitado la protección de la comunidad.

Posteriormente, concretamente en el periodo 1870-1914, se descubre (o se inventa) la tradición popular. Remarquemos este hecho, todas las tradiciones populares, de todas las naciones, no solo la catalana, se inventan o se “descubren” (es decir, se dignifican, se popularizan) en este periodo.

El libro concluye señalando que en la actualidad, cuando la economía internacional tiende a la integración, el motivo de la nación pierde fuerza como motor de la historia, aunque ello, paradójicamente, alienta la secesión y el florecimiento de movimientos separatistas, cuyo fundamento y justificación dependen ahora mucho más de causas internacionales (aceptación, apoyo, etc.) que de causas estrictamente internas.

Como podéis comprobar, en el caso catalán confluyen una serie de factores que de forma objetiva hay que reconocer, como es que Cataluña cumple los criterios que los usos del siglo XVIII y XIX establecieron para definir una nación (no así el País Vasco, que carece de tradición literaria propia y no ha pertenecido a una entidad política duradera), y que la integración económica internacional favorece la fragmentación de los estados. Sobre este punto escribí en su día con profusión, basta con señalar ahora que hace innecesario un gran mercado propio, y por tanto diluye uno de los fundamentos más sólidos del estado-nación.

Estamos pues ante un problema serio. Una ideología que nos habla de meritocracia, y que identifica dinero con virtud, un territorio que cumple los criterios usuales para ser definido como nación, que es más rico que el resto y que puede tener la tentación de quedarse mayor parte de esa riqueza, y una economía integrada globalmente que hace superfluos los esfuerzos por crear una economía nacional.

Según está lógica Cataluña debería ser ya independiente, pero no, los sistemas dependen de la trayectoria, y las sociedades son sistemas complejos, la historia ha colocado a Cataluña junto a España y ahora es difícil cortar ese lazo. Pero basta un shock exógeno, en este caso la crisis financiera internacional de 2008, para que los débiles fundamentos de nuestra convivencia se vean agitados, y las clases populares quieran refugiarse bajo un paraguas de la comunidad más amplio y bien asentado. Menos recortes y más seguridad.

Parece imposible solucionar este problema si no es a través de un autoritarismo que es contrario a la narrativa de democracia y derechos individuales tan propia de nuestra era, sin embargo no es así. No somos seres egoístas racionales que miramos por nuestro propio interés de forma exclusiva. Nos importan los valores, tenemos sentimientos, el contacto con otros seres humanos nos conmueve, nos gusta ser entendidos, reconocidos, y somos reacios al cambio. Por todo ello, y por mi conocimiento personal de Cataluña, tengo el convencimiento que una amplia mayoría de catalanes decidiría mantener la unidad del Estado bajo un marco coherente de convivencia.

La corresponsabilidad fiscal parece un buen principio, tener autonomía por el lado de los ingresos, poder recaudar más si lo necesitas, o reducir la carga sobre tus ciudadanos, sin depender del estado central ni poder culparle. No es nada revolucionario, think tanks conservadores como FEDEA han tratado la cuestión abiertamente, por ejemplo en este artículo. Claro que aun teniendo corresponsabilidad y autonomía por el lado de los ingresos seguirían existiendo transferencias de unas Comunidades Autónomas a otras. Fomentar la transparencia en el origen y destino de estos fondos parece también un buen principio. También es necesario explicar a la ciudadanía que sin ajuste de tipos de cambio, es decir, cuando en el territorio se usa una solo moneda, son necesarias transferencias fiscales entre regiones para evitar crisis como la del euro.

El dinero no lo es todo, por supuesto, el resto de España debe acercarse a Cataluña también a nivel cultural, y para ello debe rechazar cualquier tipo de nostalgia hacia el franquismo.

Debe modificarse la constitución para cambiar el sistema político, y permitir que en la medida de lo posible la ciudadanía pueda apartar a los corruptos y mediocres de los cargos de responsabilidad. La nueva norma debe dar mayor poder a los ciudadanos y restarlo a los partidos, evitando que se reproduzca de nuevo el férreo control que ejercen sobre todos los aspectos públicos, incluyendo los jueces, medios de comunicación, universidades, reguladores, etc.


Esto a día de hoy parece imposible. A los que no respaldamos la actuación criminal de este gobierno se nos trata de amedrentar y silenciar. Se revisten con la bandera y te llaman antiespañol. La coacción ejercida por tus propios vecinos es asfixiante y desmoralizadora. Los partidos han carcomido esta sociedad, introduciendo su podredumbre y su mezquindad hasta el tuétano. Han borrado todo rastro de decencia, de civismo, de principios morales y de virtud. Me han convertido en un extranjero en mi propio país. La España democrática y cívica que yo siento en mi corazón no existe, es un país de fantasía. Sé que no votaré con los pies, seguiré resistiendo y ante la barbarie haré lo único que puedo hacer, oponerme pacíficamente. Seguramente veré marchar a los míos mientras el territorio se empobrece y la población se envilece. Lo siento pero no puedo transmitir esperanza.

lunes, 2 de octubre de 2017

De la nación a la emancipación

Dejaré al margen en esta reflexión el debate entre legalidad y legitimidad a la hora de abordar el derecho a decidir la independencia de un territorio, (que en buena lógica tendría que ser aplicable igualmente a territorios más pequeños). Parto de la base de que la carencia de legitimidad de las leyes acaba creando tensiones o rupturas de uno u otro tipo con el orden establecido, (como enseñaba, por ejemplo, Castoriadis). Y la legitimidad no es precisamente el punto fuerte de una constitución que se nos ofreció cocinada desde las élites como única alternativa a la continuación de la dictadura, y que además no ha sido refrendada por la población actual. Por otra parte si la lógica explotadora que marca nuestro tiempo destruye nuestro medio ambiente y conduce a la deshumanización, el camino opuesto pasa por una verdadera democracia, pues esta introduce el criterio humano por encima del productivismo, de la burocracia (pública o privada), de la plutocracia y de la tecnocracia. Una mayor capacidad política de las personas humanizaría la sociedad, y esto permitiría el ejercicio del sentido de la responsabilidad en lugar de enquistarse en una única decisión magnificada precisamente por ser negada, convertida en un conflicto cargado de emociones y en una cuestión de amor propio.

Defensa de la bandera durante la histórica batalla de Chocim

Sin embargo el empuje de la sociedad civil nacionalista en países hiper-desarrollados, que ha decidido ser connivente con sus élites locales en esta aspiración, contrasta con la falta de empuje emancipador. Resulta paradójico que no se reivindique una mayor independencia respecto al sistema productivo que nos oprime a diario como principal aspiración una vez que se tiene suficiencia económica mientras se magnifica el problema de la dependencia territorial. Creo que ambas cosas tienen un origen cultural -pues no es la necesidad lo que está en esta forma de motivación- anclado en la modernidad. Dos tercios de los ciudadanos de estos países viven -vivimos- en cierto modo como niños mimados gracias a la explotación ambiental y esclavista de tierras lejanas. La competencia abusiva entre territorios es una seña de identidad de nuestro tiempo y está en su ADN, ya diseminado como una planta transgénica por todo el mundo, (y por supuesto, no sólo entre los separatistas). Todos utilizamos ese marco para analizar los problemas globales y cómo nos afectan localmente, y utilizamos ese mismo marco para intentar resolverlos. Esto no es una auto-acusación sino un problema también para nosotros; un problema que impregna a la sociedad de una lógica economicista y explotadora que nos angustia.

Para entenderlo hay que analizar la marca psicológica que supone crecer como niño mimado o privilegiado por su origen (aun aceptando que no es más que un estereotipo que no se cumple tal cual en cada persona). Esta condición social no implica sólo una ventaja sino también una debilidad de carácter que hace a las personas dependientes y temerosas de perder esa prebenda de origen que ha facilitado su vida, o bien las lleva a la ansiedad por no poder lucir mejor en el ranking de los privilegios que ha marcado su psique. Así se entiende que incluso en las sociedades opulentas tenga tanto peso el argumento de la discriminación económica, también entre territorios, dando alas al nacionalismo (y cadenas para su negación al centralismo): en algunos casos la independencia podría optimizar mejor el desempeño patrio en una globalización económica que favorece a las zonas y a las personas más ricas gracias a la fragmentación política.


Por supuesto, el peso de la cultura local -a menudo menos "diferente" de lo que se quiere hacer ver- juega un papel en el reclamo nacionalista: es el uso utilitario de la misma por parte de las élites para lograr la seducción de masas que todo movimiento social necesita y del que estas élites serán las principales beneficiarias. Lo que ofrece el nacionalismo desde sus orígenes burgueses es un paliativo acomodaticio para el sentimiento de desarraigo propio del individualismo materialista promovido por esa misma burguesía desde los albores de la modernidad. No es que esa cultura local no exista ni merezca la pena ser preservada. Todo lo contrario. Pero como decían en este comunicado de la CNT de Vilanova i la Geltrú (que data de 1983), "[el patrimonio cultural] pertenece a la sociedad civil, y el nacionalismo es una creación del poder político separado de la sociedad civil." 

Por otro lado el nacionalismo aísla quirúrjicamente las diferencias culturales para sublimarlas en forma de esencia idealizada invirtiendo así el sentido de nuestra naturaleza cultural. Como también se dice en el texto anterior: "Si la cultura no es otra cosa que la superación de los procesos naturales que forman el proceso vital del hombre, es, en su esencia interna, en todas partes la misma a pesar del número siempre creciente y de la diversidad infinita de sus formas especiales de expresión. No hay culturas cerradas que entrañen las leyes de su propio origen. Lo común que sirve de base a toda cultura es infinitamente más grande que la diversidad de sus formas exteriores."

Y es que, al igual que ocurre en la relación entre economía y ecosistemas, la cultura no se da en el vacío, y de hecho, para lograr una menor insostenibilidad y cierta emancipación necesitamos, entre otras cosas, un cambio cultural simultáneo en casi todos los lugares del planeta de acuerdo a nuevos parámetros; una nueva hegemonía que no alcance sólo a las formas de consumo y a los hábitos de vida sino también a las apuestas políticas. Esta racionalidad ecológica no estaría reñida con la diversidad, como si ocurre con el absolutismo de la racionalidad económica liberal, que desde la idealización del estado-nación implanta en cada patria los mismos hábitos comerciales que igualan el mundo más allá de los días de folclore. Por contra, una valoración más realista de nuestra ecodependencia y de nuestra interdependencia fomentaría la diversidad en convivencia al revalorizar el localismo y al reconocer los límites de la razón. A pesar de todo lo que creemos saber, nuestra ignorancia es de proporciones "trascendentes" y haríamos bien en hacer prevalecer el principio de precaución junto al respeto a las diversas creencias sobre lo que no podemos conocer.

 
En principio la reivindicación nacionalista es la demanda de un cambio que por sí mismo no cambia nada dentro del colectivo que se independiza, pudiendo seguir tan alienado, insostenible y desigual como antes. Pero, volviendo al argumento iniciado más arriba, la globalización económica favorece a las regiones que, siendo ricas, se mantienen al margen de compromisos políticos con el resto del mundo mientras compiten sin restricciones en un mercado global que no cuestionan. Un síntoma de esto es que resulte más fácil hablar de independentismo o de patriotismo de cualquier bandera que hablar de aranceles o de relocalización económica o de impuestos pigouvianos sobre el transporte, sobre la destrucción ambiental lejana o sobre el esclavismo (sin muros que detengan su aprovechamiento). Interiorizado el marco de la competencia como patrón para la actividad humana, la posible ventaja sobre los demás acaba prevaleciendo sobre otras reivindicaciones.

El nacionalismo logra así dividir (o engañar) a la población como ya ocurriera en la Primera Guerra Mundial, cuando la Segunda Internacional quedó relegada en favor del patriotismo popular. Seguimos sin novedad en el frente por mucho que cambien los vencedores. Pero la universalización de una lógica patriótica, crecentista y competitiva está generando también problemas uniformes que sólo tendrán solución desde acuerdos políticos transnacionales para apostar por una relocalización económica cooperativa.

Los planteamientos de la izquierda decimonónica no pueden enganchar ya a la mayoría de la población de las regiones más insostenibles del planeta, bien nutrida y ahíta de distracciones a demanda. No es un problema de suficiencia económica. Y estos partidos acaban entrando con matices en el juego del neoliberalismo imperante, relegando el internacionalismo, o bien obtienen sólo el voto de la minoría excluida. Sin embargo eso no quiere decir que no exista un problema de explotación incluso entre los empleados mejor pagados. No es raro escuchar entre estas personas que cambiarían con gusto parte de su salario por más tiempo libre y sosiego, y sin duda esta sería una reivindicación más potente si tuviera un engarce político explícito y desarrollado, (como podría ser el fomento y la protección de las excedencias y las reducciones de jornada voluntarias entre otras medidas). Pero esto exige plantarse frente a la globalización económica que impone la máxima competitividad a cada estado-nación, (grande o pequeño).

Si a esto unimos el problema de la insostenibilidad de este modelo y la represión económica ejercida sobre ese otro tercio de la población que subsiste precariamente o en la exclusión social, (a su vez infundiendo ansiedad economicista o posicional al resto), podremos ver que tenemos nuevos motivos y que necesitamos nuevas herramientas para reivindicar una cambio transnacional a favor de la vida, a favor de la emancipación humana como parte de ella, a favor de la autonomía y de un bienvivir auténticos.

Si bien la lógica de las economías de escala ha elevado el productivismo a su máxima expresión, deberían ser ya evidentes los "efectos secundarios" suicidas, la desigualdad y la dominación que impone esta lógica. Por ello el nuevo paradigma a extender por el mundo tendría que incluir un cuestionamiento de la escala tanto en el ámbito corporativo como en la concentración del poder político o en la posibilidad de acumular patrimonio (que también implica poder político). Pero decidir con autonomía desde abajo y en ámbitos locales, (a escala humana), no tiene por qué llevar a la desconexión, a la irresponsabilidad sobre problemas comunes o a la ausencia de compromisos transnacionales vinculantes. La cuestión es, volviendo al inicio, cuál es la legitimidad de esos compromisos (que ahora nos imponen desde las élites corporativas), y no tanto el grado de independencia entre territorios. De hecho, como hemos visto, la independencia política puede ser perfectamente connivente con la explotación internacional. La soberanía plena es al planeta lo que la propiedad privada a la vida en sociedad. Es necesario enmarcarla legalmente en unos límites de uso que preserven el interés público y la inclusión, (desde el color de la fachada o el humo del tabaco hasta los impuestos), y la cuestión es extender esa lógica a la responsabilidad colectiva de cada pueblo.

Podemos encontrar inspiración para este cambio de paradigma en la reflexión llevada a cabo por una parte de los kurdos que han evolucionado en su posicionamiento teórico desde el nacionalismo al confederalismo democrático. Extraigo unos párrafos del siguiente artículo que lo explica:

"Varios años antes, tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, el PKK había comenzado a reflexionar de manera crítica sobre el concepto de Estado-nación. Ninguno de los territorios tradicionales de los kurdos era exclusivamente kurdo. Por tanto un estado fundado y controlado por los kurdos automáticamente acogería grandes grupos minoritarios, creando el potencial para la represión de las minorías étnicas y religiosas del mismo modo que los propios kurdos fueron reprimidos durante muchos años. Como tal, un estado kurdo tendería a ser visto como una continuación del problema existente en la región más que como una solución al mismo.
Por último, después de haber analizado la interdependencia del capitalismo y el estado-nación, por un lado, y entre el patriarcado y el poder estatal centralizado por el otro, Öcalan se dio cuenta de que la libertad y la independencia reales sólo podrían llegar una vez que el movimiento hubiera cortado todos los lazos con estas formas institucionalizadas de represión y explotación...: "La tarea consiste en apoyar el desarrollo de una democracia desde abajo... que tenga en cuenta las diferencias religiosas, étnicas y de clase en la sociedad ".
...

Una confederación auto-organizada de municipios, trascendiendo las fronteras nacionales y los límites étnicos y religiosos, es el mejor baluarte contra la usurpación incesante de las potencias imperialistas y las fuerzas capitalistas."

Una nota sobre el pueblo kurdo. Desde mi punto de vista, los kurdos de los diferentes territorios que habita este pueblo parten de situaciones y de motivaciones muy diferentes a las que se dan en los nacionalismos occidentales. Aunque una parte de quienes promueven estos últimos, por ejemplo en Cataluña, compartan el ideario anterior, contrario a la globalización neoliberal, no es el caso de la mayoría de ellos.

Y una nota a favor de los niños mimados. No son pocos los burgueses ilustrados que a lo largo de la historia supieron relegar sus preocupaciones económicas en favor de todo tipo de pasiones personales, colectivas o políticas. Este me parece un camino importante para la transformación social.

Para terminar dejo los enlaces a la serie de entradas de este blog en las que planteé el problema de la globalización y la posible salida a la misma: