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lunes, 24 de julio de 2017

¿Qué haremos si dejamos de trabajar?

Reducir el tiempo de trabajo puede ser lo más parecido a la libertad a lo que puede aspirar la población que no pertenece a la élite en una sociedad compleja. Con bastante seguridad redundaría en una mejor satisfacción de nuestras necesidades humanas.




Mientras la economía continúa creciendo a un ritmo mediocre, crecimiento que nos hace cada vez más pobres, el empleo se vuelve cada vez más un lujo. Vivimos atemorizados por la escasa calidad y estabilidad del mismo, y para empeorar la situación nos hablan continuamente de la amenaza de los robots y la automatización e incluso de otra maravilla tecnológica de esas que siempre está llegando, pero que no terminamos de ver, la inteligencia artificial.

Llegue o no llegue la inteligencia artificial lo cierto es que estamos viviendo una revolución tecnológica, la de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, que no crea trabajo, al menos en la medida en que lo destruye. Cuando en su día llegaron el ferrocarril y el telégrafo, o el automóvil y el teléfono, provocaron una inversión masiva en infraestructuras e hicieron posible multitud de actividades y negocios que sin ellos no habrían prosperado, además de hacer obsoletas algunas actividades de escasa entidad (transporte en diligencia, etc.). Las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones requieren infraestructuras de carácter menor, comparadas con las de los ejemplos anteriores, y erosionan el empleo en infinidad de actividades, ya que permiten que lo que antes se vendía ahora se obtenga gratis, además de crear redes que permiten que unos pocos individuos acaparen todo el valor. Repitiendo lo que escribí en el artículo que acabo de enlazar:

Fijémonos en esos 28 millones de dólares de ingresos de la celebrity por excelencia y de otras creadoras de tendencias, ya sabemos de dónde salen, de lo que pagan los organizadores de fiestas, vendedores de ropa, complementos, etc. En realidad este negocio no es nuevo, se desarrollaba de una forma convencional, jerarquizada, corporativa, por publicaciones como Vogue, Elle, Cosmopolitan y otras ¿Qué ha pasado con esas revistas? Pues seguramente lo estarán pasando mal, y lo van a pasar peor, al igual que la prensa escrita, incluso peor todavía, ya que las que no salen como suplemento de algún diario (que son muchas) no podrán contar con el apoyo a fondo perdido de gobiernos, partidos políticos y grupos financieros. Las tendencias son información y como nos han contado recientemente Jeremy Rifkin y Paul Mason, el coste marginal de transmitir información es cero, es decir, una vez pagado lo que cuesta producir esa información (o sin pagar si se genera gratis, como este artículo) se puede reproducir infinitamente sin coste. Los fabricantes de ropa y complementos seguirán pagando por su publicidad, pero con el tiempo lo lógico es que el consumidor final de esas recomendaciones las obtenga gratis a través de la red. Algunos, como los autores citados anteriormente, ven en ello un problema para el actual sistema socioeconómico, que podría llevar a su colapso. En palabras de Paul Mason: “Las tecnologías informacionales (o de la información) son diferentes de cualquier otra tecnología previa. Como mostraré aquí, evidencia una tendencia espontánea a disolver mercados, destruir derechos de propiedad y desintegrar la relación entre trabajo y salarios. Y ese es el trasfondo fundamental de la crisis que estamos soportando.

Quizás es hora de asumir que no será posible proporcionar un trabajo a toda la población, y que habrá que recurrir a medidas como la renta básica universal, para tratar de evitar, al menos de momento, una gran exclusión.

¿Proporcionaremos a la gente una renta sin trabajar? Dicha medida es extremadamente polémica, y es normal que lo sea, viola algunos de los principios sagrados sobre los que se sustenta nuestra civilización: la idea de que somos seres racionales y egoístas, y el derecho sagrado a la propiedad privada. En efecto, si somos racionales y egoístas ¿qué haremos si nos pagan por no hacer nada? ¿Buscar más renta en el mercado negro? ¿Caer en la desidia? En cualquier caso dicho subsidio tendrá que ser pagado por aquellos que trabajan u obtienen rentas sin trabajar de sus propiedades, una “clara vulneración” de la propiedad privada.

En realidad, salvo los anarcocapitalistas (cuya función es mover la ventana de Overton hacia un extremo, no llevar a la práctica sus propuestas) todo el mundo reconoce que los mercados necesitan instituciones públicas robustas para funcionar, a más mercado, más estado, así ha sido históricamente y así continúa siendo. Las economías más prosperas son las que tienen mejores instituciones de gobierno, mejores agencias de supervisión, bancos centrales, policía, sistema judicial, etc. que debe ser pagado mediante impuestos. Se supedita por tanto la propiedad privada al bien común, poniendo un límite a este derecho, y el debate se traslada a qué sistema impositivo es más justo y más eficiente, lo cual dependerá en gran medida de nuestros valores como sociedad.

El segundo argumento, por tanto, no es tal, y el peso de la prueba se desplazará a la racionalidad económica ¿Saldrá rentable? ¿Los beneficios serán mayores que los costes? ¿Se perderá producción? Ya veo a los economistas ortodoxos alegando que distorsiona el mercado de trabajo, y que por tanto no es eficiente, a pesar de que esa puede ser una de sus mayores virtudes, permitirnos decir que no a esa avalancha de trabajos de mierda que amenaza con convertir nuestra vida en un infierno.

Aunque puestos a cuestionarnos qué haríamos con nuestro tiempo si dejásemos de trabajar ¿por qué no dedicarnos a solucionar los problemas de la humanidad? Recientemente leí sobre la actividad de una ONG que me pareció de enorme interés, reparan herramientas para enviarlas a países en vías de desarrollo. Envían kits de herramientas, de sastre, mecánico, herrero, carpintero, junto con un curso de formación e instrucciones para reparaciones a personas de países en vías de desarrollo, a cambio de un precio simbólico, para evitar que haya quién quiera obtenerlas para revenderlas. Es una forma muy sencilla de transferir capital a países donde es necesario y posiblemente sería necesario hacerlo a mayor escala, y con una variedad de herramientas y de capital más amplia. Es evidente que reducir el trabajo ampliaría enormemente el tiempo que dedicamos a realizar actividades que no son rentables, desde (en el peor de los casos) jugar a videojuegos hasta plantar árboles, alimentos o ayudar a gente que lo necesita, ya sea porque es pobre, está enferma o está sola.

Poder dedicar tiempo a actividades no rentables, a cubrir nuestras auténticas necesidades como seres humanos, es lo más parecido a la libertad en una sociedad compleja a lo que pueden aspirar los que no pertenecen a la élite gobernante. El racionalismo economicista posiblemente nos diga que realizar todas esas cosas no aumenta el PIB, pero se les podría contestar que como ya mostramos en otra ocasión, la producción de bienes y servicios y su distribución en el mercado, atendiendo al beneficio, en numerosas ocasiones no está alineada con la satisfacción de nuestras necesidades humanas





Es más, en muchos casos se trata de inhibidores de las mismas. Así por ejemplo, si nos fijamos en la necesidad de subsistencia, un alimento procesado industrial puede tener cabida en la celda de subsistencia y tener, pero será un inhibidor en la celda de subsistencia y ser, ya que inhibe permanecer en un buen estado de salud física, e incluso mental, ya que los problemas mentales relacionados con el peso pueden estar causados por un modelo de belleza física que ensalza la delgadez debido a los problemas sociales con el sobrepeso, causados en gran medida por la alimentación industrial.


Ya es hora entonces, de exigir a nuestros gobiernos que paso a paso vayan implementando medidas para reducir el tiempo de trabajo, una economía colaborativa y cooperativa podría ayudarnos a mantener los servicios que nos proporcionan el bienestar con menos recursos, y también con menos renta. Como también he argumentado en otra ocasión, una Renta Básica Universal que se complemente con un programa de empleo público garantizado podría abrir la puerta a una auténtica economía inclusiva, o ser el primer paso en la evolución hacia ella.

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