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lunes, 23 de enero de 2017

Arquitectura cognitiva, consenso social, y bien vivir

Han pasado más de 30 años desde que se publicara El gen egoísta de Richard Dawkins, donde se presentaban las ideas, memes, como entidades que coevolucionan con sus soportes biológicos en constante competencia por asegurarse su propia supervivencia y la de sus huéspedes. Aunque sobre el papel parezca que la relevancia en nuestro día a día sea poca, hoy en día se habla de aplicaciones como “marketing viral” y de campañas de ingeniería social, que tienen como objetivo modificar el comportamiento y perspectivas de gran parte de la población.

El discurso público sigue un desarrollo emergente, dependiendo de las circunstancias del momento y de aquello que los participantes añaden de su propia cosecha. Lo que los participantes son capaces de añadir ha ido variando con el tiempo. Aunque las élites siempre han desempeñado un papel decisorio aceptando o rechazando ideas, la era de Internet ha hecho este proceso algo más democrático, pero no exento de peligros. En 2013 Edward Snowden filtró una gran cantidad de documentos en los que se detalla no sólo como opera la red de vigilancia global de EEUU y aliados, si no también una serie de estrategias de manipulación por parte de las agencias de inteligencia en las redes sociales para degradar individuos o cambiar pareceres. El esquema es bastante elaborado:
Técnicas de manipulación de la NSA
Aún así las campañas de conformación global del discurso público tienen un éxito limitado y se puede decir que han fallado estrepitosamente cuando se pretendía una cierta reacción del electorado. Como ejemplos más obvios, tanto el referéndum de UK por su membresía a la UE, como la campaña presidencial de EEUU han tenido resultados contrarios a la opción respaldada por las élites (aún con el machacón runrún de los medios de comunicación de masas). Esto sugiere que el espacio memético no puede ser manipulado fácilmente, y que el entorno más inmediato de cada persona (situación económica, laboral, relaciones familiares, etc) ejerce una mayor influencia en la toma de decisiones.

Por muy tentador que resulte simplificar el patrón de comportamiento humano, el entorno inmediato no es la única influencia. También hay variables ocultas, por ejemplo el cómo vivieron las generaciones anteriores tiene un efecto en la psique, como demostró una investigación en 2001 sobre la propagación intergeneracional del estrés postraumático, o incluso aspectos en principio aparentemente poco relacionados como el tipo de dieta también afecta a los procesos mentales. Es difícil de predecir cómo van a actuar criaturas complejas (la última estimación de 2016 calcula que la capacidad cerebral de un humano medio es de 1 petabyte, o 223.000 DVDs), ante la compleja situación venidera de escasez de recursos ya conocida desde que en 1972 se publicara Limits to Growth (ver la interesante reflexión sobre el mismo: Cuatro décadas perdidas). Si la cuestión en aquel texto era predecir los efectos de un crecimiento exponencial en un entorno finito, en este caso lanzamos una pregunta diferente: ¿Es posible generar un consenso social que beneficie a la biosfera en su conjunto?

La actual narrativa antropocéntrica no es nueva de ahora. Un posible origen del supremacismo humano podría deberse a la invención de la agricultura hace unos 10.000 años y al desarrollo de la cultura asociada (relacionado: reseña del libro Ishmael, o el documental “The superior human? ). Este mito expansivo humano es amenazante para toda la biosfera, de la que los seres humanos forman parte, como ya advirtieron los cientificos en varias ocasiones (p.ej. 1992 World Scientists' Warning to Humanity). La supervivencia a largo plazo pasa pues por considerar el bienestar planetario como una condición sin la cual la existencia humana carece de sentido.

A la racionalidad necesaria para la supervivencia se le opone el imperativo biológico integrado en los individuos de la especie. ¿Es factible ofrecer resistencia a la destrucción causada por la actividad humana, que tan natural podría considerarse como un tsunami, un meteorito, o una erupción volcánica? Si el desarrollo habitual de cualquier sistema es el nacimiento, desarrollo y disolución, ¿por qué debería preocuparnos tener o no el mismo destino a nivel global ya sea este más temprano o tardío?

La capacidad única del ser humano radica en poder elegir en qué tipo de fuerza natural desea convertirse, y en usar la cognición social para conseguir objetivos que transcienden al individuo. Como hemos visto antes, no es posible marcar el sino de una sociedad, pero mucho pensadores nos advierten que sí que es posible salirse del camino a nivel individual. La clave podría estar en convertirse en arquitecto de los procesos cognitivos de los que normalmente no somos conscientes, y utilizarlos para llevar una vida plena incluso frente a la catástrofe.

Al igual que en los juegos de estrategia el árbol tecnológico determina cómo una civilización simulada puede desarrollarse, en los seres humanos son las creencias previas las que nos limitan o nos permiten dar un paso al siguiente nivel. Según el filosofo Jonathan Glover (entrevista), el proceso no puede ser ni lineal, ni conducido externamente, es el individuo el que tiene la capacidad de analizar su situación actual e iniciar un proceso de desarrollo mientras va puliendo las disonancias cognitivas que van surgiendo. Aún así no sería posible construir un sistema de creencias desde cero, pues es parecido a reparar un bote en el agua, extremadamente difícil.

El símil de J. Glove, hacer cambios en una barca manteniéndola a flote

Quizá la primera barrera a superar es descubrir esas inconsistencias propias. El refranero popular nos regala frases como “ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio”, o “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, pero por desgracia la mayor parte de las veces no existe ni el andamiaje mental o social apropiados ni los conocimientos necesarios para el auto-análisis, es por eso que la tan de moda “autoayuda”, puede causar más problemas que soluciones. Sin embargo, el apoyarse en personas que siguen la misma trayectoria de cambio ayuda a observar qué impacto tienen sobre el planeta, cómo están viviendo su filosofía, y eso nos puede servir para reflexionar sobre nosotros mismos. Antes o después, sin embargo, nos enfrentaremos al temido“abogado interior”.

El “abogado interior”, más conocido como racionalización, es el mecanismo de defensa que protege al individuo de empezar procesos mentales “caros” desde el punto de vista evolutivo. El ver las cosas claramente a veces implica realizar cambios cognitivos profundos que a nivel biológico no son inmediatamente rentables, o correr el riesgo de perderse en procesos destructivos como abuso de sustancias, depresión u otros estados de apatía. Por ejemplo, el considerar simplemente al sistema capitalista industrial como el único motivo de la destrucción ambiental puede causarle serias dudas existenciales a alguien con profunda inclinación ecologista que trabaje en una fábrica de coches. En cierta manera es necesario tener honestidad intelectual para aceptar los límites personales y situacionales, y diferenciarlos de la mera pasividad.

Aún así existen más límites que conviene valorar. Por ejemplo, ¿qué estamos preparados en cada momento para aceptar como bienvivir? Esa respuesta puede variar en el tiempo y debemos estar listos para responder de manera diferente en cada momento. Puede que hoy necesite la calefacción a 20ºC, dentro de un tiempo sólo unas mantas y ropa de abrigo me permitan vivir contento. La adaptación temprana a un escenario de baja disponibilidad energética nos hace más resilientes ante los cambios inevitables. Lo mismo puede decirse de la alimentación, o el modo de transporte. No hay una respuesta universal, aunque las elecciones propias y de conocidos van interactuando y nos envían en cierta dirección.

Los clústeres de mentalidades pueden conducir al atrincheramiento intelectual que habitualmente se observa en el terreno político, o en el activismo ecologista o animalista. La presencia del grupo está tan presente en el individuo, muchas veces a través de cámaras de eco, que cualquier intercambio con miembros de otros grupos resulta espurio. Es por eso un buen ejercicio el simular mentalmente personas de cualquier bando que nos resulte impertinente hasta entender su lógica subyacente. Ayuda a evitar ser víctima del mismo sesgo cognitivo y conseguir una preciada tranquilidad.

El último trecho, que a primera vista parece insalvable, consiste en investigar la acción por la supervivencia en el mundo animal sin aplicar calificativos humanos como “cruel” o “salvaje”, y posteriormente aplicar esa misma visión científica al espectro de comportamiento humano.

Volviendo a la cuestión sobre la naturalidad de la autodestrucción humana, conviene ver más allá de ejemplos como el de una colonia de bacterias en una placa petri. En un descubrimiento reciente se observó un mecanismo de señalización entre bacteriófagos que les hace elegir entre aniquilar una bacteria para reproducirse, o pasar a modo durmiente cuando la cantidad de posibles huéspedes es demasiado baja. Como este ejemplo hay varios en la naturaleza que indican que tiende a aparecer cierto equilibrio en circunstancias adversas.

En el caso humano puede que haya mecanismos ocultos que puedan aprovecharse para evitar actuar como una célula cancerosa más. Es posible que cultivando una mentalidad compasiva, el curso de acción en cada momento traiga el mayor beneficio posible como mínimo a nuestro círculo más inmediato. O podría ser que ejerciendo la generosidad permitamos que más iniciativas de cambio florezcan. Poco importa pues cual sea el resultado final si conseguimos trascender nuestras limitaciones auto-impuestas y vivir mejor con lo que tenemos.

En cuanto a si es posible generar un consenso social que beneficie a la biosfera en su conjunto, mi perspectiva personal es que de momento no creo que lo sea. La dinámica BAU es demasiado fuerte y beneficia a gran parte de la población, demasiada para que de repente se genere una masa crítica en sentido contrario. Sin embargo, a medida que escaseen los recursos, se intensifiquen las guerras por éstos, emerjan los odios de quien se siente engañado por el sistema, y se exacerbe la falta de conexión con el prójimo, puede que sirva como alerta para que se inicien más cambios personales que repercutan en nuevos consensos sociales. Como señaló Epicteto, “la adversidad no es una desgracia, antes bien, el sufrirla con grandeza de ánimo es una dicha”.

1 comentario:

  1. Me ha parecido un artículo sumamente interesante.
    Yo creo que en realidad la selección por competición no es un impulso tan fuerte como se nos ha hecho creer. En las catástrofes y en los entornos de escasez también suele revelarse un mayor espíritu de cooperación. De hecho el propio fascismo o la guerra puede entenderse como una combinación de ambas tendencias en la que se refuerza la cooperación intragrupal para competir con otros grupos o naciones. En realidad no somos ni especialmente competitivos ni sumamente cooperativos. Los seres humanos tendemos a la conformidad con la suficiencia, también para competir o para cooperar, especialmente si pasar de ahí nos supone un gran sacrificio. Es el entorno ideológico y el condicionamiento social lo que nos empuja a dar demasiada relevancia a estas facetas humanas, (en virtud de esa capacidad natural para la "cognición social" que mencionas). De hecho es por este motivo por el que los propagandistas liberales insisten tanto en demonizar la conformidad (poco alineada con el espíritu explotador -dicen emprendedor- que necesitan), y es también el motivo por el que los estatalistas creen necesaria una represión y un control ciudadano que alinee a la población con los objetivos definidos por la cúpula.
    La política influye decisivamente en el entrono social que a su vez nos condiciona. Creo que incidir en esa retroalimentación puede ser más efectivo que cualquier otra cosa, pero entonces afrontamos el problema de la concienciación.

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