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martes, 6 de octubre de 2015

Externalidades o cómo la economía dominante ignora a la sociedad y la naturaleza.



Cualquiera interesado en temas económicos se habrá tropezado en alguna ocasión con el concepto de “externalidad”, pero, ¿qué es una externalidad?. Si acudimos a la definición del diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos encontramos lo siguiente:

Perjuicio o beneficio experimentado por un individuo o una empresa a causa de acciones ejecutadas por otras personas o entidades.

La definición es harto defectuosa y, está lejos de informarnos, más bien contribuye a confundirnos. Baste señalar que el beneficio experimentado por un individuo a causa de la acción ejecutada por otra persona u entidad puede ser, perfectamente, una transacción económica o de “mercado” lo cual encaja dentro de la anterior definición y no sería una externalidad. Resulta palmario que externalidad deriva de externo, pero ¿externo a qué?. Esa es una importante cuestión que cabe dilucidar y que está en el meollo del tema sobre el que pretendo centrar la atención en esta entrada.

Primero, debemos dar un paso atrás para explicar las premisas sobre las que se construye el concepto. Para ello recurriremos a lo que Herman Daly denomina visión pre-analítica, ya que esa visión nos permitirá delimitar aquello que es externo de lo que se derivará el concepto externalidad. Sin embargo, la tarea no es fácil, porque la economía neoclásica considera a la economía como el todo relevante, no hay nada externo a ella, de lo contrario a nivel agregado significaría el reconocimiento de la existencia de límites o de costes de oportunidad empleando un lenguaje económico.

Lo anterior es un poco abstracto, pero una representación gráfica nos puede ayudar a entender porque la economía concebida de tal manera no tiene cortapisas en su expansión, ya que nada la contiene. Si la naturaleza la contuviera, si ésta fuera esencialmente estacionaria, no podría crecer más allá de su continente, en el mejor de los casos.


El problema es que la naturaleza es un sistema termodinámico cerrado, con inapreciable intercambio de materia con el entorno en escalas de tiempo humana y con la recepción de un flujo constante y disperso de energía que proviene del sol (que es devuelta, casi toda, al espacio). Se trata de un sistema cuasi-estacionario, que si se aceptara que contiene a la economía, levantaría no pocas cuestiones incómodas en relación con el crecimiento económico como panacea contra todos los males, superpoblación, desigualdad y desempleo.

Para evitarlas, la economía dominante considera que la economía es un ciclo cerrado similar a una máquina de movimiento perpetuo. Nada parece afectar la marcha imparable de esa máquina destinada a producir y a proporcionar bienestar a través del consumo, siempre creciente. Si alguien se pregunta qué es y cómo se mide el bienestar y, por qué es el consumo el índice de ese bienestar se habrá planteado algunas de las cuestiones que forman parte del paradigma económico dominante. Son cuestiones normativas no positivas de las que se derivan múltiples consecuencias. Pero para lo que me interesa explicar me limitaré a considerar que la forma en que la economía mide ese progreso, los útiles. Un constructo que no se puede medir y sólo se puede inferir a través de nuestras elecciones de consumo que nos proporcionan esos útiles, diferentes para cada uno e incomparables por ese motivo. No obstante, eso sólo se puede hacer cuando ignoramos el sustrato sobre los que se construye la utilidad.


La economía neoclásica omite deliberadamente las causas materiales de lo que denomina el proceso de producción. Para la economía no hay más que causas eficientes que añaden valor a las cosas para proporcionar utilidad en su consumo. Las causas eficientes son dos, trabajo y capital. Pero si preguntamos sobre lo que se añade valor no obtenemos respuesta (aquí para una discusión más amplia respecto alas funciones de producción con recursos). Por ello, Georgescu-Roegen propugnó el término transformación. La producción podría parecer que desafía la ley de la conservación de la energía, se crea, aparentemente algo de la nada. Pero eso, evidentemente, no es posible. En realidad, la producción lo que hace es ignorar completamente la segunda ley de la termodinámica, lo que permite concebir a la economía como un sistema cerrado, la maquina de movimiento perpetuo a la que nos hemos referido antes. La materia es reorganizada por el capital y el trabajo de forma que produzca utilidad a través de su consumo, sin tener en cuenta que trata de un proceso donde debes emplear energía para reorganizar la materia, añades valor, para luego consumirla o, expresado en otros términos, desorganizarla.

Para la economía neoclásica los bloques sobre los que se añade valor no son importantes, no son más que materia sobre la que operan las causas de transformación que añaden el valor. Esos bloques son esencialmente homogéneos y abundantes, si una clase de materia se agota hay otra que toma el relevo. Ciertamente no consumimos materia/energía, no los impide el primer principio de la termodinámica, lo que hacemos es consumir nuestra capacidad de reorganizar esa materia para generar bienes y servicios útiles para el ser humano, en otras palabras, valor añadido. Somos capaces de reorganizar o transformar esa materia que desordenamos en el consumo gracias a la energía, sin embargo, la energía misma no la podemos reciclar ni tampoco todos los bloques de materia. En un sistema cerrado no podemos mantener el ciclo de producción de forma indefinida, debemos intercambiar entropía con lo que contiene a la economía que es el ecosistema terrestre. Que es un sistema entrópico cerrado como hemos mencionado. En otras palabras, la reorganización de la materia (producción) en el subsistema económico conlleva un impacto en el sistema ecológico. Alguien podría argumentar que podríamos reciclar la materia de forma prácticamente indefinida, pero ese requiere una energía creciente de la que no disponemos porqué el flujo de energía no crece. Daly lo resume de la siguiente forma:

Si el sistema económico debe seguir funcionando no puede ser un flujo circular aislado. Debe ser un sistema abierto, que recibe materia y energía desde fuera para compensar por lo que es disipado hacia el exterior. ¿Qué es el exterior? El medio ambiente. ¿Qué es el medio ambiente? Es un ecosistema complejo que es finito, no creciente y materialmente cerrado, aunque abierto a un flujo no creciente de energía solar”

y prosigue

Viendo la economía como un subsistema abierto nos obliga a darnos cuenta que el consumo no es solo una reordenación dentro del subsistema, sino que involucra reordenaciones en el resto del sistema, el medio ambiente. Tomando la materia/energía de un sistema más grande, añadiéndole valor, consumiendo el valor añadido, y devolviendo los residuos, claramente altera el medio ambiente. La materia/energía que devolvemos no es la misma que la materia/energía que tomamos”.

De hecho, como la materia a la que añadimos valor no es homogénea, alguna de ella es mucho más capaz de recibir ese valor. A medida que consumimos esa materia que es más fácil de reorganizar, para nuestro provecho, debemos acudir a recursos peores.

En resumen, el proceso de transformación utiliza recursos naturales para transformarlos (reorganizar la materia utilizando energía y degradándola en su capacidad para volver a ser utilizada) en bienes y servicios útiles para los seres humanos y residuos que son de nuevo vertidos en el medio natural, donde deben ser reciclados con el consiguiente impacto. Muchos de los sumideros son estructuras disipativas saturables, tienen cierta capacidad pero una vez superada no sólo no pueden reciclar sino que probablemente colapsen.

¿Qué tiene todo esto que ver con las externalidades? Pues lo tiene todo que ver. Porque no hay nada externo en las llamadas externalidades, excepto que creas que vives en el Jardín del Edén. Pero si crees que vives en ese Jardín, los problemas se te acumulan e intentas construir un relato. ¿Cuál es el relato?

Como hemos explicado en la visión pre-analítica, las externalidades no encajan pues la economía es una máquina de movimiento perpetuo. Pero como “Eppur si muove” algo tendremos que hacer. La economía neoclásica está llena de puertas traseras que contradicen sus fundamentos pero, son hábilmente colados como anomalías, molestas sin duda, pero que pueden ser de nuevo encajadas en el esquema de las cosas. Si la realidad no se parece a la teoría es la realidad la que debe cambiar. Para ello, y con nuestro archiconocido martillo buscaremos esos clavos que nos molestan y, en un abrir y cerrar de ojos, encajaran en el esquema de las cosas.

Veamos cual es la puerta de atrás. Esa puerta de atrás es la diferencia entre el sueño de los mercados perfectos y la realidad. Pero a la economía dominante le interesa, exclusivamente, la coherencia interna y la elegancia de las conclusiones, si la realidad no se adapta no es su problema. En realidad, se convierte en un instrumento ideológico para transformar la realidad en manos del neoliberalismo, pero esa es otra historia.

Dado que hay que admitir, muy discretamente, que los mercados no son perfectos, lo que es un fastidio, se introduce el concepto de fallo de mercado. La solución ante los fallos de mercado es la estándar en estos casos, más mercados o introducir el mercado como sea. En eso consiste, básicamente, la economía medioambiental que es un rama de la economía neoclásica, idear estratagemas que permitan “internalizar” los fallos, para que dejen de serlo y el mercado funcione como debe.

Todo esto tiene una fuerte base ideológica que impide cualquier renuncia a las soluciones que se alejen del mercado. Pero hay diversas cuestiones que quedan escondidas entre toda la parafernalia de los modelos económicos y sus soluciones.

El problema esencial es el del coste de oportunidad, escondido en los fallos de mercado entre los que se encuentran las externalidades. Por eso, los fallos de mercado se definen por la interacción de dos conceptos que deberían cumplir todos los bienes para ser de mercado, para que la asignación que resulta del mecanismo de precios sea óptima, si no los cumplen o hay problemas para que los cumplen, eso es un “fallo”. Esos dos conceptos son:

- Exclusión mediante el ejercicio de los derechos de propiedad
- Rivalidad

Un bien es económico si se pueden ejercer y mantener derechos de propiedad definidos (excluyendo a los que no los poseen) y si su consumo o disfrute excluye el de otros.

Si no se pueden ejercer y/o mantener derechos de propiedad definidos se produce la mal denominada “tragedia de los comunes”. El problema de los derechos de propiedad afecta en muchos casos a recursos naturales sobre los que es difícil ejercer los derechos de propiedad, como las pesquerías. Además, los derechos de propiedad requieren que existan instituciones para proteger esa propiedad. El estado neoliberal es esencialmente un estado destinado a proteger y garantizar el ejercicio de los derechos de propiedad que pueden ser tanto individuales como colectivos, es el caso de los “commons” ingleses. En todo caso, los derechos de propiedad no son inherentes a ningún bien, no es más que el ejercicio del control de acceso. Cuando es difícil mantener los derechos de propiedad, las instituciones que ejercen el control deben ser más sofisticadas y los medios más complejos. Los bienes intangibles, como patentes o derechos de propiedad intelectual, son un ejemplo de ello.

En muchos casos, los recursos naturales, especialmente, los producidos por los ecosistemas tienen características que hace imposible crear instituciones que permitan el ejercicio de los derechos de propiedad, como es el caso de la polinización, el ciclo de regeneración del agua y tantos otros.

Por el contrario, la rivalidad es una característica inherente del bien o servicio. El uso o consumo de un bien o servicio impide que sea usado o consumido por otra persona en ese momento o de forma permanente. Los bienes no rivales pueden ser disfrutados simultáneamente, aunque pueden ser saturables, como lo es una carretera. No es el caso, por ejemplo, del conocimiento que puede compartirse sin menoscabo de su integridad, estará ahí para ser utilizado por cualquier otro y, además, no es saturable.

Los bienes públicos, no son de mercado, no cumplen ninguna de las dos características necesarias. Me gustaría llamar la atención sobre el adjetivo público como una cualidad negativa que se opone a la disciplina de mercado. Por lo tanto, en el uso del metalenguaje, lo público es esencialmente negativo, algo que se niega a colaborar, algo que hay que disciplinar en el mercado, ya sabemos para que tenemos el martillo.

Pero volvamos a las externalidades, que estrictamente, significa que una acción o transacción entre partes conlleva pérdidas o beneficios a terceros y no hay compensación por esa variación en su bienestar que les afecta. Si nos acordamos de la definición inicial del diccionario, lo que falta es que el perjuicio o beneficio no tiene compensación. En consecuencia, si solucionamos el tema de la compensación “et voilà” hemos internalizado el problema y, en consecuencia, la mano invisible obra su magia sin más contratiempos.

Sin duda, es más fácil decirlo que hacerlo. ¿Pero realmente se puede hacer?, ¿se puede hacer en todos los casos?.

Podríamos entrar en cuestiones teóricas pero, en mi opinión, son más bien intrascendentes. ¿Por qué?. Simplemente basta observar la realidad. ¿Qué sucede habitualmente con esos costes?. ¿Por qué se desplazan las actividades económicas más nocivas a entornos donde no existen regulaciones que intentan internalizar los costes, siempre de manera parcial?. ¿Por qué razones, de corto plazo, como la creación de empleo en una zona deprimida, implican la relajación o eliminación de cualquier intento de internalizar costes?. Y así sucesivamente.

No obstante, en mi anterior afirmación, es necesario entrar en algunas disquisiciones teóricas. Disculpas. Porqué si hablamos de economía y externalidades hemos de citar el teorema de Coase. Ese es uno de esos resultados que enorgullecen a los economistas ortodoxos, de la misma forma que lo hace, por ejemplo, la ventaja comparativa ricardiana, un resultado elegante y sumamente consistente con la idea de que el mercado es un gran solucionador de problemas. Pero, como ocurre con ésta última, lo decisivo es conocer los supuestos en que se basan para ver si resisten el contraste con la realidad.


Pero no nos adelantemos. El teorema persigue demostrar que sin la intervención de gobierno, más allá de su misión de hacer cumplir los derechos de propiedad, el mercado soluciona por si mismo el problema de las externalidades. En el fondo, mantiene la ilusión de la máquina de movimiento perpetuo antes citada. Asimismo, establece que la asignación previa de derechos de propiedad no es relevante desde el punto de vista de la eficiencia siempre que esos derechos puedan ser intercambiados en un mercado de competencia perfecta. Suena abstracto pero de ser cierto tiene una transcendencia ideológica muy importante.

He dicho competencia perfecta, pues toca abrocharse los cinturones porque viajamos a ese universo paralelo donde rigen leyes de la naturaleza que nos pueden resultar incomprensibles, excepto que seas un loco o un economista (ortodoxo).

Hemos de recurrir a los instrumentos habituales, en estos casos, en el análisis microeconómico, las celebres curvas de costes y beneficios marginales. Donde ambas se crucen determinará el nivel óptimo de contaminación. Supongamos que tenemos una central eléctrica de carbón y junto a ella una lavandería. Una combinación explosiva. Para la central producir energía eléctrica quemando carbón sin gastar nada en evitar la contaminación maximiza su beneficio, a medida que se introducen medidas para paliar la contaminación, el beneficio disminuye o, gráficamente expresado, se tiene una curva con pendiente positiva (una consideración orbiter dicta, a medida que reduce la contaminación reduce la TRE, lo que va mas allá del mero cálculo económico). Por contra, los costes de la lavandería por la contaminación aumentan con ésta. Sin la planta podría secar la ropa al aire libre, dependiendo del clima, pero a medida que la contaminación aumenta eso deja de ser posible, incluso debe instalar filtros para que no penetre en el interior de la lavandería, etc. La curva de costes marginales tiene pendiente negativa, es decir, los costes aumentan con la contaminación.
 
Si la central es completamente libre para contaminar producirá hasta que su beneficio marginal sea 0 en , pero la lavandería, seguramente tendría que cerrar. Imaginemos que no hay leyes que prevengan la contaminación. ¿Es el mercado capaz de lidiar con el problema?. Si lo es, por lo tanto, por definición no existe externalidad, pues si hay transacción de mercado el concepto carece de sentido.
















¿Cómo opera la magia del mercado?. Muy fácil, siempre que habites en el universo paralelo. Si la central opera sin restricciones producirá emisiones. El triangulo es la pérdida neta para la sociedad, esencialmente para la lavandería, que no es parte, en principio, de una transacción de mercado. Pero la lavandería, puede reducir la contaminación pagando a la central hasta el nivel . Si la lavandería paga cualquier cantidad menor de y la central recibe más será un trato “win to win”, ambos ganarán. Este proceso de mutuo beneficio continuará hasta el punto E. Hemos obtenido el punto de equilibrio sin necesidad de intervención del gobierno ni la necesidad de ninguna regla normativa que empañe nuestra neutralidad.

Si hay una regulación que permite a la lavandería disfrutar de un aire limpio, ésta puede renunciar, a cambio de pagos por parte de la central, hasta alcanzar, de nuevo, el punto E.

Antes de volver a la tierra detengámonos un momento en el resultado y por qué le “mola” tanto a la economía ortodoxa. La razón primordial es que se alcanza el “equilibrio”, el objetivo primordial, sin necesidad de intervención del gobierno, simplemente opera el mercado y obtiene el resultado óptimo, como debe ser. Además, no depende de quién tiene derecho a contaminar o al aire limpio, el resultado es el mismo.

Pero de vuelta a la tierra. ¿Por qué no se dan de forma espontánea los intercambios que describe el teorema?. ¿Si esos intercambios se produjeran tal como dice el teorema no existirían las externalidades pues el coste de los terceros se saldaría con una transacción de mercado?.

En la Tierra hay industrias que contaminan y si el gobierno no interviene no se dedican a realizar transacciones con los perjudicados, en el caso de que fuera posible identificarlos, más bien lo que vemos habitualmente es la negación de vínculos causales. ¿Sería lógico que los perjudicados, por ejemplo, por el envenenamiento químico de los acuíferos, que sufren problemas de salud indemnizarán al contaminador para que parara de hacerlo o redujera los vertidos?. ¿Existe un punto de equilibrio y somos capaces de conocerlo?. ¿Las iatrogenias, efectos a largo plazo que quedan ocultos a corto plazo o que no causan perjuicios a corto plazo, cómo son tenidas en cuenta?.

La lista de preguntas no acabaría nunca. Pero observemos que el teorema se basa en la existencia de competencia perfecta lo que quiere decir información perfecta en todo momento y nulos costes de transacción. De hecho, todas las anteriores cuestiones tienen que ver con el universo paralelo en donde se dan esas condiciones, pero cuando regresamos a la tierra toda la magia se evapora. De hecho, los costes de transacción son extraordinariamente sensibles a las condiciones iniciales. Me explico, los economistas neoclásicos no explican que, ciertamente, las condiciones del modelo no son las de la realidad, pero que no tienen importancia, aunque existan pequeños costes de transacción, la información no es perfecta, nos alejaremos de la solución óptima pero que aún así es una buena aproximación. El problema es que nos movemos en un marco lineal, nada que ver con nuestra realidad. Un minúsculo coste de transacción es capaz de dar al traste con las condiciones de competencia perfecta, no es una buena aproximación, porque no es un sistema lineal.

También, es importante la distribución previa de los derechos de propiedad y la riqueza. En la realidad, los perjudicados no pueden pagar, es más, el perjuicio que sufren puede incidir directamente en su capacidad de conseguir ingresos o suponerles gastos que consumen su capacidad para compensar al contaminador. Desde el punto de vista normativo, la idea de el perjudicado deba compensar aquel que le perjudica seguramente repugna a muchos. Pero la trampa es creer que el teorema de Coase no es normativo. Lo es, pero permanece oculto. Es la previa distribución, aquella que en la economía de mercado, no planificado se nos dice, debe hacer un dictador benévolo, el planificador omnisciente (Andreu Mas-Collel) , donde se esconde el truco.

El ejemplo escogido, también da pie para mencionar aquello que la economía ortodoxa no puede ver. Si queremos reducir la contaminación hemos de gastar energía en ello, nuestra energía neta disminuirá. Por eso, es fácil ver por qué en el mundo real las industrias se trasladan a lugares que no regulan las externalidades, es más fácil obtener energía, unos dirán más barata, pero la clave está en que sin regulación, la energía neta es mayor, si gastamos energía en compensar los males que generamos reducimos nuestra energía neta.

Hemos apuntado algunas razones por las que no se sostiene este tipo de aproximaciones, pero el problema esencial es la visión pre-analítica, el considerar a la economía como el todo relevante que puede crecer sin costes de oportunidad porque no es contenido por nada. Las externalidades, como el resto de fallos de mercado, hemos mencionado de pasada los bienes públicos, no son más que reflejo de ese problema, la solución no es más mercado, sino asumir que el mercado no puede solucionar esos problemas. No obstante, estamos lejos de reconocer tamaña herejía para el paradigma dominante, pues asumir tal cosa sería tanto como negarse a si mismo.

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