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sábado, 19 de septiembre de 2015

Tejiendo redes de vida y transición frente a la crisis ecológica



No es nada novedoso el exponer y dar visibilidad mediática a los graves impactos ecológicos que la civilización industrial provoca en el medio ambiente. Disponemos de numerosos ejemplos de estudios, manifiestos y avisos por parte de la comunidad científica, como es el caso del documento firmado en 1992 por la Unión de científicos preocupados. En su documento "Alerta a a humanidad", especialmente elaborado para la cumbre celebrada ese mismo año en Río de Janeiro y firmado por 1.700 científicos, incluyendo la mayoría de los ganadores de premios Nobel en ciencias. En este texto, del que han pasado 23 años desde su publicación, se lanzaba un mensaje tan contundente como el siguiente:

"Los seres humanos y el mundo natural se encuentran en una carrera abocada a la colisión. Las actividades humanas infligen daños severos y a menudo irreversibles al medio ambiente y a los recursos de importancia capital.

Si no se modifican, muchas prácticas actuales crean un grave riesgo para el futuro que deseamos (...) y pueden llegar a alterar el mundo viviente hasta un punto que sea incapaz de sostener vida en la forma que hoy la conocemos.

Urgen cambios fundamentales si queremos evitar (...) una inmensa miseria humana y que nuestro hogar global en este planeta no sea irreparablemente mutilado "

En paralelo, también antes de la convención de Río de Janeiro, se publicó un mensaje desde el "Corazón del Mundo" al "hermano pequeño", por parte de los Kogui, un pueblo indígena Amerindio procedente de Colombia. Ambos textos coincidían en la emergencia, en el diagnóstico y en la necesidad de impulsar cambios profundos, trabajo conjunto y cooperativo, y sobre todo la asunción de responsabilidades para con nuestro único hogar, La Tierra.

Sin embargo, antes y tras estos avisos, sucedieron otros, y todos tuvieron una máxima común, fueron ninguneados o diluidos antes de llegar de forma efectiva al "mainstream", cayendo en el olvido para seguir como siempre (BAU), en una huída hacía delante civilizatoria, cuyo presumible destino empieza a manifestarse de formas muy evidentes y en muchos ámbitos. Puede que el problema fuese no saber comunicar el mensaje de forma clara y movilizadora. Puede que simplemente el mensaje fuese boicoteado y deformado por los medios de masas, o que su eco fuese nimio comparado con su contenido e importancia. O simplemente, puede que los seres humanos no estemos bien preparados como especie para gestionar, planificar y responder a riesgos en el medio-largo plazo, al habernos especializado en respuestas inmediatas frente al corto plazo, y en aferrarnos a una visión positiva como respuesta con mayor éxito evolutivo.

Nos movemos en un marco de degradación acelerada, con aumentos en la sucesión de desastres naturales, conflictos bélicos, grandes crisis sociales que provocan migraciones, hambrunas y conflictividad en las calles, llegando todo esto a manifestarse en el arte con visiones apocalípticas y terroríficas. Con reducciones en el gasto en necesidades prioritarias como alimentación, agua y cobijo para las poblaciones humanas, viéndose más afectadas las personas necesitadas y desvalidas, llevando a más y más exclusión social. También se ven mermados programas para la gestión y recuperación del medio ambiente, por lo que el exterminio de especies, la pérdida de suelo fértil y el caos climático avanzan firmemente hacia un colapso ecológico, que podemos definir como:

"Reducción drástica en un ecosistema, y a menudo permanente, de su capacidad de carga para la mayoría de sus organismos, que suele desembocar en una extinción masiva"

A finales de la década de los 80 se superó la biocapacidad de La Tierra, generándose una deuda ecológica. En 2007, la demanda de recursos superaba en un 20% lo que la tierra podía ofrecernos; y  a día de hoy, la humanidad utiliza 1.4 planetas, ahondando la deuda ecológica y generando una profunda extralimitación.

Algo es evidente, la deuda ecológica, a diferencia de la económica, no es negociable, ni discutible, y por supuesto, no se basa en creencias, sino en hechos.

El antropólogo J. Diamond enumera unas características sociales comunes en colapsos civilizatorios anteriores, que probablemente podamos ver fácilmente reflejados en nuestra civilización globalizada:

  • Incapacidad de prever: Al menos por parte del poder económico y político, pese a los avisos de comunidades indígenas y científicas.
  • Incapacidad de percibir: Dificultad en la percepción de riesgos no inmediatos. 
  • Comportamiento irracional: Negación y huída hacia adelante.
  • Valores erróneos que llevaron a consecuencias desastrosas: Paradigma anquilosado que solo acelera la degradación y empeora perspectivas.
  • En última instancia, aparición de falsas soluciones: Falsos Mesías y válvulas de escape, como el caso del auge de Donald Trump en los EE.UU dentro del partido republicano, esperpento xenófobo y negacionista, reflejo de una sociedad decadente y ciega. También es el caso de reformismos varios que solo suponen maquillaje y no verdaderos cambios paradigmáticos, como el Capitalismo Verde, que venden la dependencia de las sociedades para con las grandes corporaciones y empresas que prometen soluciones tecnológicas, para evitar los cambios radicales en la forma de vivir que en realidad necesitamos para "colapsar mejor", es decir, reducir el sufrimiento de la mayoría y tomando responsabilidad de la precaria situación.



La misma ONU es tajante en su "Carta de la Tierra" publicada hace 15 años:


"Estamos en un momento crítico de la historia: O creamos una sociedad global para cuidar de la tierra, y nos cuidamos los unos a los otros, o nos arriesgamos a destruirnos a nosotros mismos, y a la diversidad de la vida"


Remar a contracorriente en tiempos de cambios adaptativos forzados


Si realmente parte de la sociedad fue, y es capaz de prever el desastre, y además la percepción de las consecuencias es cada vez más evidente, las oportunidades de divulgar y promover ideas contrarias al marco convencional aumentan considerablemente. El problema es, como hemos comentado, la dificultad en trasmitir mensajes que llevan implícita escasez ecológica, energética y económica, al tratar de promover simplicidad y frugalidad, opuesta al marco de consumismo y la satisfacción superficial inmediata y material que permea el sistema capitalista industrial en su huída hacia delante, cada vez de forma más irracional. No solo nos enfrentamos al ideario preconcebido, también a los sesgos cognitivos inherentes al ser humano, que evita en la medida de lo posible que los mensajes incómodos se digieran apropiadamente, procrastinando y priorizando a lo inmediato frente a los riesgos dilatados.

Es de vital importancia contemplar la diversidad humana a la hora de hacer divulgación de problemáticas y acciones a tomar para generar resiliencia y adaptación en nuestras comunidades. No todas las personas son susceptibles a la misma estrategia, discurso o enfoque, por lo que disponer de opcionalidad y recursividad en nuestra forma de comunicar es algo tan recomendable como necesario.

Existen personas receptivas ante datos duros y contundentes, pero la mayor parte de la gente rehuye de esta información, lo cual es una reacción natural impresa evolutivamente en nuestros patrones de respuesta. Por ello, en muchas ocasiones es necesario que el mensaje sea positivo y a la vez sincero, apelando a las emociones y promoviendo el paso a la acción, evitando el bloqueo y otras reacciones asociadas al miedo, e incluso la caricaturización. Con "positivo", nos referimos a que empodere a las personas, que les empuje a tomar parte activa en los cambios necesarios, pasando de espectadores a actores, sujetos del cambio por construir de forma comunitaria y cooperativa; así como que remarque los cambios a mejor, como el crecimiento personal y comunitario, mejora de las relaciones personales y autoconocimiento, dando rienda suelta a nuestras potencialidades y fortalezas para reforzar la resiliencia de nuestros entornos sociales.

En el informe recientemente elaborado por la Red de Transición titulado "Estrategias de sensibilización para dar a conocer los problemas socio-ecológicos y promover el paso a la acción", se hace especial énfasis en la necesidad de encontrar la forma de trasmitir no solo la necesidad de cambio, sino los beneficios que estos cambios pueden aportarnos en nuestro día a día. Hacer hincapié en el apoyo mutuo entre las personas promoviendo el cambio, y la construcción de redes solidarias en nuestras comunidades dotarán a la sociedad de mayor resiliencia, traduciéndose también en resiliencia personal. No es momento de tener miedo a cometer errores, pues de ellos se aprende y toda transición es un experimento novedoso y creativo.

Ejemplos, referencias a seguir y búsqueda de puntos de partida seguros


¿Cuándo abandonamos la "sostenibilidad" de la civilización? ¿Cuándo comienza la insostenibilidad? Es importante buscar "donde" y "cuando" se gestan los cambios paradigmáticos que dieron pié al nacimiento de un modelo de civilización alejado de los ciclos naturales, y por supuesto, buscar referencias y ejemplos sobre los modelos que si estaban en equilibrio y armonía con el medio natural.

Las tendencias insostenibles comienzan entre los siglos XVII y XVIII. El origen espacial es la Europa Occidental, foco inicial de la revolución industrial, desde donde partió un proceso de colonización política, económica y cultural del mundo. Corrientes como el positivismo, el reduccionismo, el materialismo, el relativismo, la fe en el progreso material y tecnológico, de la mano del crecimiento económico dieron la base ideológica un un proceso que se ha dilatado hasta nuestros días, siendo cómplice de la degradación y la visión de la naturaleza como "recurso", visión antropocéntrica frente a visiones biocéntricas más tradicionales, que acertadamente veían al ser humano como algo integral a la naturaleza. Jordi Pigem, filósofo catalán, condensa de forma maravillosa esta relación:

"La crisis ecológica es la expresión de una crisis cosmológica, antropológica y ontológica de nuestra civilización."

Los pueblos indígenas y tradicionales todavía conservan una visión de la naturaleza como Madre, como algo sagrado. Estas comunidades humanas, cada vez más mermadas y amenazadas, son el principal valuarte de diversidad cultural y biológica, y por ello, un modelo a seguir en la construcción de una futura civilización con posibilidades de perdurar y conservar los bueno, que no es poco, de nuestra civilización decadente. Más del 70% de la biodiversidad actual se encuentra en regiones con mayor diversidad cultural.

Correlación entre diversidad lingüística y diversidad botánica

Gran parte de los pueblos indígenas que perduran, viven en regiones inhóspitas, tales como desiertos, junglas o zonas gélidas, y aun así, tienen una visión paradisíaca de su hogar. Esta resiliencia se demuestra por su adecuación a su realidad.

Por ello, como sugiere el geólogo, experto en medioambiente, gestión ambiental y en la relación entre valores culturales y ecología, Josep-María Mallarach, tal vez debamos volver a una visión más espiritual y sagrada de la naturaleza, para poder sanar nuestro hogar, y construir un nuevo paradigma alejado de la fe materialista y tecnólatra actual. Para Mallarach:

"la tierra ha pasado de ser la "hermana y madre" a un simple recurso natural que se compra y vende en un sistema obsesionado en maximizar beneficios materiales, sin escrúpulos hacia nuestros contemporáneos menos favorecidos e ignorando los derechos de nuestros descendientes. Afrontar errores de esta magnitud requiere cambios muy profundos, una auténtica ‘conversión ecológica', que debe ser asumida por cada uno y por cada institución"

Además, tal y como apuntamos antes, para llegar a gran parte de la población hay que emocionar, para lograr una predisposición de las personas en favor de la naturaleza. Esta "reconexión", tratada en profundidad en la ecología profunda, nos hace más conscientes de nuestro entorno, tanto social como natural, trasladándonos al presente, valorándolo y compartiéndolo con las personas que nos rodean, y aumentando los momentos de felicidad y cohesión comunitaria en estos tiempos de incertidumbre.

Para dirigirnos hacia esta gran transición, son necesarios grandes cambios, como reducir los consumos materiales y energéticos, no buscar el beneficio material, sino algo más profundo, cambiando la propiedad por el custodiar. Promover las virtudes cardinales, prudencia, justicia, fortaleza, templanza y frugalidad, que nos lleven a la consciencia plena, el autoconocimiento y la felicidad y paz interior.

Necesitamos aprender a vivir, como sugiere la "Carta de la Tierra" del 2000 de la ONU:

"Con reverencia delante del misterio del ser, con gratitud por el regalo de la vida y con humildad en lo que refiere al lugar que ocupa el ser humano en la naturaleza"







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