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lunes, 27 de julio de 2015

Una encíclica contra el imperialismo económico y la tecnocracia: "Laudato si"



Mi compañero Jesús Nacher ha escrito una entrada previa en el blog sobre la encíclica “Laudato Si. Sobre el cuidado de la casa común” y me invitó a exponer mi opinión, lo que hago encantado.



La encíclica “Laudato si” del Papa Francisco, ha generado gran revuelo en algunos medios, especialmente conservadores, que defienden una visión neoliberal. Se le han dedicado algunos epítetos poco agradables y, hasta sorprendentes, hacía una figura religiosa de su relevancia. Sin embargo, lo esencial ha sido la descalificación a su capacidad o autoridad para hablar de estos temas. Simplemente, le han dicho que se dedique a sus asuntos y deje a los que saben de estos temas. Se podría interpretar como un choque de fes, pero no haría justicia al contenido de la encíclica que es, radicalmente, diferente a lo habitual en estos textos. Es cierto, que la encíclica está plagada de referencias religiosas, que menos podríamos esperar, pero no nos dejemos engañar, el mensaje contenido es mucho más moderno y progresista de lo que el “establishment” está dispuesto a soportar. En este caso, no han sido sólo unos cuantos pasos más allá respecto a lo que consideran tolerable sino que, se ha pasado varios pueblos y, eso es imperdonable.

El texto es extenso, y me voy a centrar en determinados aspectos que me parecen importantes desde el enfoque de la economía ecológica.

En primer lugar, es importante destacar el reconocimiento de la complejidad que conlleva considerar que el ser humano no es dueño y señor de la naturaleza, sino un senescal al que se le ha encargado su cuidado. Esta cuestión es trascendental, porque la utilización y aprovechamiento de la naturaleza y sus recursos es el pilar donde se edifica la iglesia del crecimiento ilimitado. La Biblia, siempre había sido interpretada de forma que dieran soporte a esa idea de dominio y sometimiento. La encíclica dice:

Esta no es una correcta interpretación de la Biblia como la entiende la Iglesia. Si es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas.”

Y añade:

Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras.”

Lo que resulta cercano a la definición de renta de Hicks o de renta sostenible, un elemento fundamental de la economía del estadoestacionario. Se trata de conservar el capital natural minimizado el flujo, dicho en palabras de Herman Daly:

"... la máxima cantidad que una comunidad puede consumir en un año, y ser todavía capaz de producir y consumir la misma cantidad el año siguiente. En otras palabras, la renta es la máxima cantidad que se puede producir manteniendo la capacidad productiva (capital) intacta. Cualquier consumo de capital, hecho por el hombre o natural, debe ser sustraído en el cálculo de la renta. Asimismo, debe abandonarse la asimetría de añadir al PIB la producción de los anti-males sin, en primer lugar, haber sustraído la generación de los males que han hecho los anti-males necesarios. Señalar que el concepto de Hicks de renta es sostenible por definición. La contabilidad nacional, en una economía sostenible, debería intentar aproximarse a la renta hicksiana y abandonar el PIB."

Asimismo, pone el dedo en la llaga cuando señala la inconsistencia del modelo circular de la economía, esa presunta máquina de movimiento perpetuo que tanto critican los economistas ecológicos:

Todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar.”



Sin embargo, tal cosa no es posible, al menos, en este universo y con las leyes de la física que conocemos como ya he explicado en otros artículos más extensamente. No obstante, el Papa es perfectamente consciente de esa realidad cuando afirma:

Es el presupuesto falso de que «existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos.”

Este punto, contiene una declaración decisiva, el reconocimiento de lo que ha venido en denominar, desde el célebre informe del Club de Roma, los límites del crecimiento. La frase resume lo que Nicholas Georgescu-Roegen denominó proceso de transformación, en contraposición al proceso de producción que nos explica el paradigma económico dominante. El hombre transforma recursos naturales que son limitados en bienes y servicios útiles, pero también, genera residuos que los sistemas naturales deben absorber y reciclar. Esos sumideros tienen unos límites en su capacidad de absorción y son un sistema complejo que sostiene la vida. Dañarlos y/o saturarlos tienen consecuencias que van más allá de la propia función de ese sistema ecológico como sumidero de residuos y repercuten en el conjunto. Por eso, Georgescu-Roegen señalaba que la economía dominante trata la naturaleza como si viviéramos en el Jardín de Edén, ignorando todas las repercusiones de sus procesos de transformación. Parecería que la producción obtiene las cosas de la nada, violando el primer principio de la termodinámica. No vivimos en él, como bien nos explica el Papa, porque si alguna vez lo hicimos fuimos expulsados.



El texto contiene críticas frontales a la piedra sobre la que se edifica la iglesia del crecimiento ilimitado, el progreso tecnológico. Es la tecnología, la que nos permite vivir en ese añorado Jardín del Edén, al menos, eso es lo que piensan sus defensores. La sustitución infinita entre el capital natural y el hecho por el hombre mediante el precio que nos suministra el dios mercado es lo que nos hace no mirar hacía atrás y avanzar firmes y decididos por la senda del crecimiento que, a la postre, siempre nos beneficiará a todos, aunque su distribución sea muy desigual.

La alianza entre la economía y la tecnología termina dejando afuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos. Así sólo podrían esperarse algunas declamaciones superficiales, acciones filantrópicas aisladas, y aun esfuerzos por mostrar sensibilidad hacia el medio ambiente, cuando en la realidad cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos o como un obstáculo a sortear.”

Sorprende la contundencia de la declaración e indica una beligerancia activa ante todos los obstáculos que los poderes económicos ejercen sobre cualquiera que se revele contra el “business as usual”, cuya manifestación más pedestre es el negacionismo ante el cambio climático (recomendable leer el "tour de force" de Ferran P Vilar sobre la cuestión).

Sobre la fracasada política del “trickle down” desmentida por los datos y, por la asimetría en el reparto de las cargas de la crisis, que continúa siendo la bandera de enganche de las políticas económicas neoliberales se afirma en el texto:

Conocemos bien la imposibilidad de sostener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados y de los sectores más ricos de las sociedades, donde el hábito de gastar y tirar alcanza niveles inauditos. Ya se han rebasado ciertos límites máximos de explotación del planeta, sin que hayamos resuelto el problema de la pobreza.”



No es más que el cacareado camino del crecimiento que nos hace más ricos consumiendo más y, siéndolo, es más fácil solucionar los problemas que se presentan. Es la celebre y errónea metáfora de la marea que eleva todos los barcos, olvidando que la pleamar en un lugar se corresponde con bajamar en otro. El problema es que el crecimiento del PIB (flujo) no nos hace más ricos, nos hace más pobres, sólo que no contabilizamos los costes. Por lo tanto, cuanto más insistamos en esas políticas de crecimiento sobre la base de la sustitución entre capital natural y capital hecho por el hombre, más lejos estaremos de solucionar nuestros problemas o, de al menos, mitigarlos.

Dicho lo anterior, hay que decir bien alto que ésta no es una encíclica anti-modernista, al contrario, reconoce el valor de la ciencia y la tecnología, pero no se deja engañar por ese angelismo que considera cualquier avance tecnológico como intrínsecamente positivo carente de iatrogenias.

Después de un tiempo de confianza irracional en el progreso y en la capacidad humana, una parte de la sociedad está entrando en una etapa de mayor conciencia.”

Tengo mis dudas, pero estaría encantado de que esa consciencia alcanzara a una parte sustancial de la sociedad con capacidad de transformar una realidad que avanza implacable por los caminos del crecimiento del flujo (PIB) a costa de depredar el capital natural. El crecimiento anti-económico continua su paso firme y, cuando más obstáculos, más empeño en generar crecimiento, el bálsamo de Fierabras que todo lo cura a costa de matar aquello que nos mantiene con vida.

Sin embargo, la encíclica es consciente de los poderosos intereses que están detrás de la fe en el progreso tecnológico y en el crecimiento ilimitado. Una de las manifestaciones más evidentes es puesta de manifiesto de forma directa:

Muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático.”



Supongo que, esta declaración tan franca es una de las que ha levantado más ampollas entre aquellos que se dedican a negar que el ingenio humano tenga límites. Una creencia, por otra parte, ampliamente compartida en nuestra sociedad, acostumbrada a observar la tecnología como una maravillosa caja mágica que le proporciona soluciones a sus problemas. En muchas ocasiones, no se trata más que disfrazar los problemas o trasladarlos a otros lugares donde no los podamos ver, aunque esto último, cada vez resulta más difícil en la medida que nuestro mundo se asemeja más a una nave espacial donde las acciones de unos tienen repercusiones globales que son cada vez más difíciles de ocultar. No obstante, el martilleo de noticias con tecnologías cada vez más asombrosas, que, aparentemente, sólo tienen aspectos positivos, intentan dar una apariencia de normalidad y optimismo que llega a niveles que rozan el ridículo.

Hace hincapié en algo que debería ser considerado como una perogrullada, pero no lo es: la tecnología no es neutral:

Hay que reconocer que los objetos producto de la técnica no son neutros, porque crean un entramado que termina condicionando los estilos de vida y orientan las posibilidades sociales en la línea de los intereses de determinados grupos de poder.

Ciertas elecciones, que parecen puramente instrumentales, en realidad son elecciones acerca de la vida social que se quiere desarrollar.”

La neutralidad tecnológica es una pieza esencial para la auto-denominada ciencia económica. El halo de positivismo alejado de cualquier cuestión normativa es mantenido contra viento y marea, de lo contrario, se debería reconocer que existen elecciones normativas y, en consecuencia, no son recetas indiscutibles que deben ser aceptadas como inevitables. Tristemente, acontecimientos recientes como la cesión del primer ministro Tsipras, nos recuerdan la persistencia de la famosa frase de la principal adalid de esa visión del mundo, la fallecida ex-primer ministra británica Margaret Thatcher: “No hay alternativa”. Es la encarnación más palmaria del imperialismo económico que considera a la economía como el todo relevante. El Papa tiene una visión totalmente diferente coincidente con la economía ecológica:

Cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados.”


El Papa no comparte la visión de la falta de alternativas y, la minoría se puede sentir un poco más acompañada. La encíclica nos habla de la necesidad de una cultura ecológica en oposición al que denomina paradigma tecnocrático:

La cultura ecológica no se puede reducir a una serie de respuestas urgentes y parciales a los problemas que van apareciendo en torno a la degradación del ambiente, al agotamiento de las reservas naturales y a la contaminación. Debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático.”

No es de extrañar que los más conservadores hayan saltado a la yugular del Papa, porque su propuesta supone un giro copernicano al actual modelo de relación con la naturaleza, lo que es completamente contrario a una economía en perpetuo crecimiento.

El documento, como no podría ser de otro modo critica el control de la natalidad, pero arremete contra el consumismo o el crecimiento de la población exosomática (el capital hecho por el hombre) que constituye la mayor amenaza contra el sistema ecológico. No obstante, y eso es un gran avance, reconoce la presión de la población sobre el sistema ecológico y pone de relieve lo más perentorio con gran crudeza:

En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de «salud reproductiva». Pero, «si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario». Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas. Se pretende legitimar así el modelo distributivo actual, donde una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar, porque el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante consumo. Además, sabemos que se desperdicia aproximadamente un tercio de los alimentos que se producen, y «el alimento que se desecha es como si se robara de la mesa del pobre». De cualquier manera, es cierto que hay que prestar atención al desequilibrio en la distribución de la población sobre el territorio, tanto en el nivel nacional como en el global, porque el aumento del consumo llevaría a situaciones regionales complejas, por las combinaciones de problemas ligados a la contaminación ambiental, al transporte, al tratamiento de residuos, a la pérdida de recursos, a la calidad de vida.”

También, es importante la mención a la deuda ecológica que los países desarrollados tienen con el resto y su contraposición con la deuda externa como sistema de control. 
 
La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero
no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. De diversas maneras, los pueblos en vías de desarrollo, donde se encuentran las más importantes reservas de la biosfera, siguen alimentando el desarrollo de los países más ricos a costa de su presente y de su futuro. La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso”


Aunque de pasada y sin profundizar en las causas, si que constata algo evidente, la deuda no es la reclamación de unas ciertas cantidades monetarias que crecen exponencialmente de no pagarse el principal por mor del interés compuesto, sino que la deuda ha de ser impagable para mantener a los deudores subyugados a los dictados del acreedor. Es la forma de apropiarse de sus recursos excluyendo a la mayoría de las rentas que producen, rentas no ganadas, que revierten al final en más préstamos para aumentar el control y seguir aumentando la deuda. Es lo que el Papa llama deuda ecológica, pero como carece de mercado se convierte en una reclamación incuantificable y, de la cual el sistema capitalista prescinde, porque sino lo hiciera el sistema sería inviable.

Dicho de otra forma, el sistema funciona generando crecimiento “cuantificable” a corto plazo del que se apropia una minoría, dejando “costes” sin mercado que superan ampliamente los beneficios y que se despliegan a través del tiempo afectando a generaciones futuras. La diferencia, amplia entre esa magnitud contabilizada y, los daños no cuantificados es el crecimiento anti-económico que nos hace más pobres a medida que nuestro registro, el PIB, nos dice que somos más ricos. Podríamos pensar que la deuda que se va apilando de forma imparable ante cualquier intento de crecimiento es el reverso de esos costes no cuantificados, en la medida que no representan reclamaciones de bienes y servicios futuros, porque nuestra capacidad merma en lugar de aumentar, sino son meros mecanismos de control que unos pocos ejercen sobre la inmensa mayoría.

También, me gustaría destacar la apelación a sistemas de topes (caps) infranqueables que desde la economía ecológica denominaríamos macro-asignaciones esencialmente de recursos, que el mercado es completamente incapaz de fijar por sus propios mecanismos para que sean compatibles con la sostenibilidad del sistema ecológico.

Se vuelve indispensable crear un sistema normativo que incluya límites infranqueables y asegure la protección de los ecosistemas, antes que las nuevas formas de poder derivadas del paradigma tecnoeconómico terminen arrasando no sólo con la política sino también con la libertad y la justicia.”

Éste, es sin duda un tema polémico, pero si queremos afrontar una situación límite, de control de daños, las macro-asignaciones sonimprescindibles. De lo contrario, nuestro futuro se aboca a la extensión y generalización de las guerras por los recursos.

Esto plantea una cuestión que es nuclear para el actual sistema, la asignación y mantenimiento de los derechos de propiedad, que aunque no son absolutos si tiende y se pretende que sean lo más amplios posibles, lo que choca con el principio de subordinación que propone el documento.

El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una «regla de oro» del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social»”

Finalmente, para concluir la entrada con un repaso rápido a algunos aspectos de la encíclica, citaré la defensa de la visión holística para afrontar los problemas.

Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza”

No puedo estar más de acuerdo con la anterior afirmación que, una vez más, es similar a la visión pre-analítica que Herman Daly nos explica, el mundo que debe ser tratado como un sistema complejo y finito, donde la economía no es más que una parte de un todo mayor a la que está plenamente sometida. Sin tener en cuenta eso, nuestro rumbo de colisión con los límites ecológicos y sociales es una certeza.

Por último, os dejo un enlace al programa de radio de Colectivo Burbuja en que participé junto a Txus Marcano, Carles Sirera y Jesús Nacher donde se debatió sobre la encíclica "Laudato Si".



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