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lunes, 20 de abril de 2015

Revolucionarios ¿Cómo cambiar el mundo?



Sería una gran alegría, para todos aquellos que no le tenemos mucho aprecio a esta sociedad, despertar un día y descubrir que se ha transformado. Que de repente, es posible aquel viejo sueño que planteó Averroes en el siglo XII.

¿Cuál será entonces la mejor sociedad? Aquélla en la que se dé a cada mujer, cada niño y cada hombre, los medios para desarrollar todas las posibilidades que Dios les ha dado.


La finalidad de toda sociedad fiel a Dios debe ser el desarrollo del hombre, no de la riqueza. El hombre progresa cuando desarrolla el razonamiento en toda su plenitud, un razonamiento que tiene conciencia de sus límites y postulados.

La idea de una revolución, una transformación repentina de la sociedad, es un viejo tópico de la modernidad, con su racionalismo ilustrado, que sin embargo parece cada vez más lejano. El hombre domina la razón, gracias a ello es capaz de descubrir las leyes que gobiernan la sociedad, y por tanto será capaz de transformarla en beneficio de todos. Este relato, bien podría servirnos para describir tanto las revoluciones norteamericana (1776) y francesa (1789), como la revolución bolchevique de 1917.

No creo que a nadie sorprenda mi afirmación de que este sentimiento revolucionario se ve cada día más distante. Zygmunt Bauman lo expresó de un modo que llegó a impresionarme, por su lucidez, en su libro En busca de la política:

Sin duda, consideramos, al menos en “nuestra parte” del mundo, que el caso de la libertad humana ya ha sido abierto, cerrado y (salvo por algunas pequeñas correcciones aquí y allá) resuelto del modo más satisfactorio posible. En cualquier caso, no sentimos la necesidad (una vez más, salvo algunas irritaciones ocasionales) de lanzarnos a la calle para reclamar y exigir más libertad o una libertad mejor de la que ya tenemos. Pero, por otra parte, tendemos a creer con igual firmeza que es poco lo que podemos cambiar -individualmente, en grupos o todos juntos- del decurso de los asuntos del mundo, o de la manera en que son manejados; y también creemos que, si fuéramos capaces de producir un cambio, sería fútil, e incluso poco razonable, reunirnos a pensar un mundo diferente y esforzarnos por hacerlo existir si creemos que podría ser mejor que el que ya existe. La coexistencia simultánea de estas dos creencias sería un misterio para cualquier persona mínimamente familiarizada con el pensamiento lógico.

A pesar de ello algún intento revolucionario hemos visto en los últimos tiempos:


pero se ha diluido como un azucarillo, con una rapidez asombrosa. Al respecto del movimiento 15-M, nuevamente Bauman afirmó:

Las gentes de cualquier clase y condición se reúnen en las plazas y gritan los mismos eslóganes. Todos están de acuerdo en lo que rechazan, pero se recibirían 100 respuestas diferentes si se les interrogara por lo que desean.

Pero no todo está perdido, al menos para Bauman, según el sociólogo polaco el 15-M podría allanar el camino para otra clase de organización.

Sin embargo, el mundo cambia, hace tan sólo unos meses el primer ministro de la república francesa, Manuel Valls, insistía en que su partido debía cambiar de nombre, renunciando a incluir la palabra socialismo en él. Que la palabra socialismo sea de repente tan poco atrayente, que esté tan cargada de significados negativos, es sin duda un cambio importante, y quizás esto no sea ni casualidad, ni fruto de las maldades de los socialistas.

La historia empieza en la década de los 50 del siglo pasado, un grupo de intelectuales derrotados, cuyas ideas habían muerto en las trincheras de la I guerra mundial, para luego ser pisoteadas por la Gran Depresión y por la II guerra mundial, decide fundar la sociedad Mont Pèlerin. Nos lo explica Philip Mirowski en su libro Nunca dejes que una crisis te gane la partida:

La finalidad era crear un espacio especial donde las personas de ideales políticos afines pudieran reunirse para debatir el esquema de un movimiento futuro diferente del liberalismo clásico, sin tener que sufrir las humillaciones del ridículo por sus imaginativas propuestas, pero también para sustraerse a la reputación de quinta columna de una sociedad en estrecha sintonía con los poderosos aunque inciertos intereses de posguerra.

¿Tan importante llegó a ser este grupo? Desde ese núcleo central irradiaron su pensamiento a universidades, think tanks y medios de comunicación, su objetivo lo define estupendamente Richard Fink, buscando convencer a futuros donantes para la Koch Foundation y la George Mason University:

La traducción de ideas en acción requiere la elaboración de materias primas intelectuales, su conversión en productos políticos específicos y la comercialización y distribución de esos productos a ciudadanos-consumidores. Quienes otorgan las subvenciones harían bien en invertir en el cambio durante toda la cadena de producción, financiando a estudiosos y programas universitarios en los que se desarrolla el marco intelectual de la transformación social, los laboratorios de ideas en los que las reflexiones eruditas se traducen en propuestas políticas específicas, y grupos de implementación para llevar esas propuestas al mercado político y finalmente a los consumidores.

O, si lo preferís, en palabras de uno de los fundadores de la sociedad Mont Pèlerin, Fiedrich von Hayek

Pero lo que para los políticos son límites fijos de viabilidad impuestos por la opinión pública, para nosotros no deben ser límites similares. La opinión pública en estos asuntos es la labor de hombres como nosotros... que han creado el clima político en el que deben moverse los políticos de nuestra época.


La labor de Mont Pèlerin fue doble, Por un lado, ponerse de acuerdo en un corpus teórico que reemplace las viejas ideas del liberalismo clásico: cuestiones tan prácticas como rechazar que el poder de monopolio sea malo, porque te enfrenta a las empresas, en quienes tienes que buscar tu principal fuente de financiación y soporte político. La segunda función fue ir estableciendo una red de organizaciones, con diferentes niveles, capaz de traducir esas ideas a distintos tipos de público, incluido el ciudadano de a pie, que llega a interiorizar y poner en práctica estos preceptos en su vida cotidiana. Ideas como que uno puede cambiar su identidad, y rehacerse a uno mismo, o que todos somos clase media y debemos asumir el riesgo que ello comporta, que el riesgo es bueno, que no debemos sentir lástima por los perdedores, o que la publicidad no puede manipularnos. Y, señores, hay que quitarse el sombrero, porque esto puede definirse como una auténtica revolución, modificar el sentido común de la gente, y convertir tus preceptos en sus hábitos.

4 comentarios:

  1. Acerca de los intentos revolucionarios que comentas, ¿te suenan las llamadas revoluciones de colores? Por si acaso, aquí te dejo un documental que aborda el tema https://www.youtube.com/watch?v=3b0xMKcqJjY

    Si te interesa el tema puedes profundizar en:
    http://colorrevolutionsandgeopolitics.blogspot.com.es/

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    1. Gracias, conozco las revoluciones de colores, aunque no he visto el documental. Le echaré un vistazo.

      un saludo,

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  2. Aquí es cuando hay que desempolvar la bibliografía de Antonio Gramsci. Es el único que tiene la respuesta de cómo ganar, en la lucha de clases, la batalla de las ideas. Saludos.

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    1. Buenas anónimo.

      Muchas gracias por la información. Habrá que revisar a Gramsci con atención.

      un saludo,

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