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jueves, 8 de mayo de 2014

Nuestra obsoleta mentalidad de mercado


Cuenta Ferrán P. Villar, ingeniero y periodista divulgador del conocimiento científico, y especializado en el problema del cambio climático, que es conocido y está documentado que los distintos lobbys, y think tanks que se dedican a sembrar la duda entre la ciudadanía acerca de la realidad del calentamiento global antropogénico, reciben 900 millones de dólares (que el piensa que pueden llegar a 9.000 millones, si contamos todos las aportaciones que no han podido ser documentadas) a través de 14 fundaciones radicadas en EEUU, vinculadas a diversas corporaciones. Usted quizás se pregunte, ¿por qué, alguien tendría interés en participar en el debate científico de una forma tan sesgada?

Mientras tanto, las preocupaciones cotidianas, en el día a día del ciudadano de a pie, varían ampliamente desde la desesperación de la búsqueda de empleo de las 700.000 familias que en España carecen de ingresos, a la competición por el estatus y la búsqueda de identidad de quien se siente frustrado por el imponente coche de alta gama de su vecino. Si alguna información tangencial acerca del cambio climático llegará a perturbar la sólida sustancia de sus preocupaciones, acaso no se preguntarían ¿y cómo vamos a pagar esto? En un momento en el que la crisis, el paro y la miseria asolan a muchos ¿podemos dedicar recursos a actividades no productivas como mitigar el cambio climático?

Es así como caemos en una lógica perversa, haciendo las preguntas equivocadas, enmarcando el debate dentro de un paradigma en el cual no hay soluciones a los problemas reales como el cambio climático, porque primero antepone problemas ficticios, como el pleno empleo. Pero, ¿acaso no se produce lo suficiente, no hay bienes y servicios en abundancia para cubrir las necesidades materiales de la ciudadanía? ¿Por qué queremos satisfacer necesidades inmateriales, como la identidad, con bienes materiales? ¿Acaso no se podría, mediante una serie de reformas sencillas del sistema monetario, la fiscalidad, o una renta básica de ciudadanía ir estableciendo poco a poco otra forma de distribuir la producción, justa, eficiente y que permita afrontar nuestros problemas reales?

Asignar la mayor parte de la producción mediante el mercado de trabajo, dice además muy poco acerca de nuestro amor por la libertad, pues su funcionamiento está basado en dejar a las personas en un estado de necesidad, en el que el acceso a los medios mínimos para su subsistencia quedan condicionados a la racionalidad económica del mercado. Sin el derecho inalienable a una renta mínima, o el acceso al trabajo de un bien comunal para ganarla, no es posible hablar de libertad.

Bajo esta luz queda claro por qué las élites dedican tantos recursos a negar la evidencia científica sobre el calentamiento global, que ni siquiera es el problema medioambiental más grave al que nos enfrentamos, puesto que nuestro sistema socioeconómico y sus desigualdades han estado durante siglos fundados en las externalidades. No todos hemos contaminado de la misma forma nuestro entorno. No emite el mismo CO2 un ciudadano de Angola, un norteamericano medio o una gran empresa siderúrgica. Si hay que internalizar ese coste de depuración ¿cómo se repartirá la factura? Por eso se dice que el sistema es justo, porque hay hielo para todos, para los ricos en verano, y para los pobres en invierno. Difícilmente cambiará, mientras no abandonemos, nuestra obsoleta mentalidad de mercado.

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