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lunes, 24 de abril de 2017

Un mundo cansado pero fiel al pensamiento mágico y optimista

Cuando en algún programa de televisión, radio o conferencia aparece un bicho raro que hace preguntas totalmente al margen de los medios masivos, del tipo ¿qué pasará cuando se alcance el pico de producción del petróleo? Los tertulianos o conferenciantes siempre tienen una sonrisa y expresan su confianza plena en que la capacidad inventiva del ser humano, además de la investigación pública y privada, obrarán un milagro tecnológico de última hora que salvará al mundo del colapso.

No es algo nuevo, ese tipo de pensamiento mágico o psicología positiva tuvo apariciones súbitas y desvanecimientos a lo largo del siglo XX, primero con el fin de la II Guerra Mundial y el mundo lleno de posibilidades que se abría a los supervivientes, a la postre con la caída de la Unión Soviética y el famoso “Fin de la Historia” de Fukuyama.

Así en menos de un siglo se ha pasado de deportar a personas a campos de concentración creados específicamente para obligarles a trabajar a cambio de comida y cama no muy saludables, a que a través del Plan Bolonia la gente que hace cursos esté ansiosa por pagar para “hacer prácticas”.

¿Cómo es posible que una persona se convierta a la vez en su propio esclavista y en esclavo? Byung-Chul Han llegó a la conclusión en La sociedad del cansancio de que cualquier persona es a día de hoy víctima de sí misma y del optimismo con que es bombardeada desde la infancia, es una forma muy habilidosa y propicia para conseguir que alguien se presione a sí mismo sin contemplaciones al tiempo que no puede hallar culpables, porque es patrón de su propio destino y puede llegar a conseguir todo lo que se proponga ya que, literalmente, según los adalides del pensamiento mágico como Paulo Coelho, tú sólo tienes que anhelar algo y el Universo maniobrará para que disfrutes lo que deseas.

“De este modo, el inconsciente social pasa del deber al poder. El sujeto de rendimiento es más rápido y más productivo que el de obediencia. Sin embargo, el poder no anula el deber. El sujeto de rendimiento sigue disciplinado. Ya ha pasado por la fase disciplinaria. El poder eleva el nivel de productividad obtenida por la técnica disciplinaria, esto es, por el imperativo del deber. En relación con el incremento de productividad no se da ninguna ruptura entre el deber y el poder, sino una continuidad”

Byun-Chul Han, La sociedad del cansancio
 ¿Cuántos Steve Jobs serán necesarios para que el coche eléctrico no sea una ruina en un mundo donde el simbolismo del éxito se nos vende a través del esfuerzo y el modelado permanente mientras la dinámica se extiende en funcionalidades cada vez más fugaces?

Es a partir de este contexto cuando la transmisión oral queda supeditada al modo de sentir divulgado por los “técnicos”, los rapsodas de nuestro tiempo, que circunscriben dentro de la oralidad posible la angustia de un modo de vida antinatural como un síntoma de falta de madurez. ¿Son más maduros los adultos de nuestro tiempo, que dedican el ocio a videojuegos, que los de inicios del siglo XX que lo dedicaban a echar la partida de cartas en el bar o a otro tipo de eventos sociales presenciales?

A este respecto también Byun-Chul Han se refiere, refiriéndose a cómo paulatinamente al ciudadano estándar se le han arrebatado sus lapsos de intimidad – a través de las redes sociales donde debe desnudarse ante todos para mostrar que es feliz y está integrado en la sociedad de su tiempo –, resultando éstos reemplazados por letargos que reconstituyen su entorno más inmediato para suscitarle un estado de celo permanente a fin de que se sienta un propietario – en el sentido latino del término, dominus - en peligro si no mantiene el ritmo.

El animal salvaje está obligado a distribuir su atención en diversas actividades. De este modo, no se halla capacitado para una inmersión contemplativa: ni durante la ingestión de alimentos ni durante la cópula. No puede sumergirse de manera contemplativa en lo que tiene enfrente porque al mismo tiempo ha de ocuparse del trasfondo. No solamente el multitasking, sino también actividades como los juegos de ordenadores suscitan una amplia pero superficial atención, parecida al estado de la vigilancia de un animal salvaje.Byun-Chul Han, La sociedad del cansancio
Hay un mundo de posibilidades ahí fuera, que están al alcance de cualquiera, y serás merecidamente recompensado o castigado en función de tu capacidad de adaptarte al medio. Así lo vende Nicholas Wade en “A troublesome inheritance” - Una herencia incómoda en español -, obra en la que defiende que las razas tienen comportamientos diferentes por cuestiones biológicas y debido a ello las sociedades son diferentes. El racismo quedó rancio cuando en la sociedad del individualismo aupado por el protestantismo anglosajón todos asumieron el lema reaganiano de “hay gente que elige ser pobre”. ¿Quién en España se escandalizó cuando el calvinista Jeroen Dijsselbloem proclamó - y se negó a disculparse - que los españoles, al no ser culturalmente protestantes, se gastan el dinero en mujeres y vino?

jueves, 13 de abril de 2017

¿Puede la economía colaborativa cambiar el mundo?

Las tecnologías de la información y las comunicaciones han puesto en nuestra mano una herramienta con potencial para cambiar el mundo: la economía colaborativa, la posibilidad de compartir. Sin embargo, el cambio no será automático, tendremos que propiciarlo nosotros.


Una de las claves, la principal, para adaptar nuestra sociedad a unos insumos de materia y energía estacionarios es pasar de una economía de la propiedad a una economía del uso, o como diría Jeremy Rifkin, del acceso. En los términos del economista ecológico Herman Daly lo que tenemos que intentar es minimizar la relación PIB/riqueza, es decir, minimizar el flujo de transformación (mal llamado producción) que hace posible mantener una riqueza dada.

Lo primero que habría que aclarar es la relación entre PIB y riqueza, ya que de forma errónea nos han inducido a identificar el primero con la segunda. Un simple ejemplo bastará para mostrar la diferencia, la mayoría estaremos de acuerdo en que la vivienda que habitamos es riqueza, sin embargo, salvo que haya sido construida en este mismo año, no está contabilizada en el PIB. Cuestión distinta es que nuestra vivienda tenga goteras, en ese caso, si decidimos repararla, la transacción que se origina por ello (salvo que la reparemos nosotros mismos con materiales también transformados por nosotros mismo o reutilizados) sí se incluirá en el PIB. Parece evidente y espero que el lector convenga en ello, que el PIB es el flujo de transformación, transformación de los recursos naturales, es decir, de la biosfera, para mantener la riqueza de la sociedad. También para incrementarla pero en mucha menor medida, especialmente cuando en el estado actual de desarrollo de la sociedad y dada la escala de nuestra afección sobre el planeta nuestra prioridad debe ser mantener el capital natural.

Mantener el PIB bajo nos permite preservar el capital natural, y con ello innumerables recursos, algunos de valor económico (como los minerales y combustibles fósiles, la fertilidad del suelo o el agua) y otros no (como el aire con un 19% de oxigeno, la polinización por insectos o un clima estable), que no por no tener valor dejan de ser indispensables para la vida, y por tanto, lo más valioso que tenemos, ya que nada vale tanto como la vida, aunque nuestra teoría del valor no lo considere así, como ya explicamos con detalle en La izquierda en la encrucijada ¿crecimiento o nuevo paradigma?. Lo deseable es que la conservación del capital natural vaya de la mano de un mantenimiento de la riqueza, por ejemplo alargando la vida útil de nuestro capital, o también aumentando su uso, como planteamos en nuestro Programa para una Gran Transformación:

El primer paso para revertir esta situación es que el gobierno abandone como objetivo de su política económica el crecimiento de la producción, y adopte el objetivo de mantener y mejorar tanto el capital natural como el creado por el hombre. Podemos ver un ejemplo concreto con el caso de la vivienda. Los españoles tenemos la necesidad de un techo, y en España había en 2013 más de 26 millones de viviendas. Si pensamos en términos de satisfacer esta necesidad, y no en el de dar trabajo a la gente, una política adecuada sería intentar aumentar el ratio de ocupación, dado que en España hay 3,4 millones de viviendas vacías. Esto nos ahorraría un coste considerable, en preciosos recursos, energía y materiales, y en trabajo (que se reflejaría convenientemente en un descenso del PIB), dado que podríamos ahorrarnos construir las 35.000 viviendas que iniciamos ese mismo año. Por otro lado, el objetivo de mejora del capital existente se reflejaría en mejorar el stock de viviendas construidas para reducir su consumo energético y sus costes de mantenimiento. El mismo principio podría aplicarse al capital natural, como por ejemplo nuestras costas y las pesquerías.

Para aumentar el uso del capital, su acceso en términos de Rifkin, pueden resultar claves las nuevas tecnologías. Hoy en día vivimos un auge de la economía colaborativa, el uso de las tecnologías de la información para crear comunidades en la que cualquiera puede ser cliente o vendedor, sin apenas inversión. Para ver su posible impacto bastan unos números, que se pueden cuestionar, pero que nos dan una idea del orden de magnitud del que estamos hablando, que es de grandes dimensiones. Así, según Anita Hamilton, en EEUU un coche permanece inactivo el 92% del tiempo. Es mucho, Lawrence D.Burns, profesor de la universidad de Michigan indica:

Un servicio coordinado de vehículos compartidos ofrecería el mismo nivel de movilidad que los vehículos particulares, pero con un 80% menos de vehículos y con una inversión mucho menor.

Estamos hablando de cifras realmente estratosféricas, un maná del cielo para cualquier ecologista. El sector automotriz representa en España entre el 6 y el 10% del PIB, en países como México, Brasil o Corea del Sur representa mucho más:


Es decir, en el caso español y teniendo sólo en cuenta el sector automotriz, estaríamos hablando de reducir, en el caso de desarrollar todo su potencial, es decir, que prestáramos todos los servicios que prestan los vehículos privados con vehículos compartidos, entre un 8 y un 5% del PIB. Es un impacto de una magnitud considerable.

Sin embargo, el efecto potencial de la economía colaborativa no se detiene aquí, abarca un gran número de sectores. Según Mayo Fuster Morell en Cooperativismo de plataforma. Desafiando la economía colaborativa corporativa:


El mapa de la producción colaborativa del proyecto P2Pvalue apunta hacia al menos 33 áreas de actividad y hace referencia a 1.300 casos presentes en Cataluña.

Son muchas áreas, pero los que están interesados en ganar dinero en este nuevo campo ven un futuro prometedor en cuatro de ellas: turismo, transporte, compraventa e inversión financiera. La wikipedia añade el alquiler (se podría ampliar al intercambio o préstamo) de bienes, la educación, el arte y las tareas o servicios. Este último epígrafe tiene un potencial mastodóntico, los servicios en España representan el 75% de la economía, si bien restringiéndolo un poco al concepto de “tareas” la tarta se reduce a un nada despreciable 25% del PIB.

En esta imagen, creada por un grupo de corporaciones interesadas en este tipo de economía, y con ejemplos de empresas que están ya en funcionamiento, se muestran 16 sectores o celdas del panal, algunas se subdividen en diversas especialidades.


Si nos fijamos en la celda superior y en el centro “aprendizaje”, a su vez se subdivide en tres celdillas, “compartir libros”, “Peer to Peer” (compartir entre pares) y “guiado por instructor”. Si compro un libro y luego lo comparto se deja de comprar un libro y por lo tanto se reduce el PIB, si alguien que no es profesor profesional pero que domina el árabe me lo enseña, mientras a su vez enseño matemáticas a otra persona, se reduce el PIB, si hago un curso online no hago uno presencial, y aquí el efecto es más ambiguo, ya que el curso online puede ser muy barato y en consecuencia la demanda puede subir, siendo el efecto neto difícil de determinar. Hay que identificar que sectores pueden ser más útiles de cara a reducir los flujos de materia y energía en la economía. En cualquier caso, el campo de aplicación enorme, y los expertos piensan que todo negocio que se pueda convertir en plataforma lo hará, y aunque no en todos, en muchos sectores de negocio el efecto será reducir los intercambios de dinero, que no de bienes y servicios.

Nos encontramos por tanto con una herramienta extraordinaria para reducir el PIB, especialmente teniendo en cuenta que esta reducción se realizaría sin impacto en los servicios que quedan a disposición de la población, al menos en su aspecto esencial. Así por ejemplo, retomando la cuestión de la movilidad antes citada, mantendríamos inalterada la capacidad para desplazarnos, aunque evidentemente tendríamos que organizarnos gracias a la plataforma tecnológica para compartir coche.

¿Qué problema tenemos? Actualmente la economía colaborativa funciona con plataformas extractivas que, sin aportar apenas capital, destruyen trabajos en la economía convencional, con condiciones estándar, para sustituirlos por trabajos precarios y mal pagados, creando en el proceso “valor para el accionista”. Volviendo a citar a Mayo Fuster:

Corporaciones que cuentan a su disposición con ingentes bolsas de “trabajadores y trabajadoras” para la asignación de la demanda, pero a quienes no consideran como tales. Los consideran “no-trabajadores” o trabajadores autónomos e independientes, algo que permite a dichas corporaciones externalizar los medios de trabajo (como ejemplo, el uso del coche propio), así como las cargas sociales y el riesgo, por lo cual no tienen que contribuir al sistema de asistencia médica, ni al seguro de desempleo, ni al seguro contra accidentes ni a pagos de seguridad social.

Tampoco hay leyes que regulen su trabajo o el salario mínimo que deben percibir. Según Trebor Scholz:

Cuando te enteras que los conductores de Uber en Los Ángeles están trabajando por debajo del salario mínimo; cuando se conoce que los trabajadores en CrowdFlower y Mechanical Turk ganan no más de dos a tres dólares por hora [...]

La explotación puede llegar incluso a trabajar gratis.

El robo de salarios, por ejemplo, es un hecho cotidiano en Amazon Mechanical Turk, que tolera explicitamente esta práctica. Los usuarios solicitantes pueden rechazar un trabajo hecho correctamente y evitar el pago. El objetivo de su plataforma, su lógica sistémica, se expresa a través de su arquitectura y diseño, así como en sus condiciones de uso. El robo de salarios es una característica, no un error.

Es terrible pero optimizando el consumo de materiales y energía estamos creando pobreza allí donde menos nos interesa, aunque, por fortuna, tenemos una solución, y son las cooperativas. Personalmente no considero que las cooperativas sean una panacea, como a veces se plantea desde posiciones libertarias. No hay soluciones milagrosas, ni únicas y la crítica de Rosa Luxemburgo suena muy fresca en nuestros oídos tantos años después:

Los trabajadores que forman una cooperativa en el campo de la producción se enfrentan entonces a la necesidad contradictoria de gobernarse a sí mismos con el mayor absolutismo. Están obligados a adoptar hacia ellos mismos el papel de capitalista empresario, una contradicción que da cuenta de la falta de costumbre de las cooperativas de producción que, o bien se convierten en empresas capitalistas puras o, si los intereses de los trabajadores siguen predominando, finalmente se disuelven.

Pero siendo el trabajador dueño de los medios de producción la retribución sería indudablemente más justa. Volviendo a citar a Trebor Scholz:

La premisa central del cooperativismo de plataforma es que aquellos que crean la mayor parte del valor de la plataforma -proveedores como conductores y hospedadores- deberían poseer y controlar las plataformas.

Que esto no sea así se nos antoja mucho más terrible cuando nos percatamos que las plataformas propietarias explotadoras tipo Uber no aportan nada más que un software, es decir, información. Recordando lo que decíamos de la información en mi anterior artículo sobre el procomún:

Si a alguno de ustedes le interesa ser “propietario” de un pedazo de información determinado (ya sea usted el líder de un grupo de rock, ya sea usted un fabricante de motores para la aviación), va a tener que enfrentarse con un importante problema, y es que esa información no se degrada con el uso, y el hecho de que una persona la consuma no impide que otra lo haga también. Los economistas denominan ese fenómeno “no rivalidad”. Una palabra más simple para referirse a él podría ser “compartibilidad” (por “compartible” o susceptible de ser compartido sin menoscabo de uso alguno).

En el precio de una canción de iTunes no tiene influencia alguna la clásica interacción entre oferta y demanda: la oferta de Love Me Do de los Beatles en iTunes es infinita. Y, a diferencia de lo que sucede con los discos físicos, el precio no varía aunque fluctúe la demanda: es el derecho legal absoluto de Apple a cobrar 99 peniques lo que lo fija.

Lo único que tienen que hacer los futuros cooperativistas es clonar el software de las plataformas existentes en la actualidad. Es cierto que no es tan sencillo, el incremento de la complejidad al que tiende el sistema hace que este software deba ser actualizado continuamente, sin embargo, también veo dos fortalezas innegables de las cooperativas, capaces de quebrar el poder de las plataformas propietarias. La primera de ellas es el procomún. Gracias a blog como este podemos difundir información para que la población adopte prácticas que favorecen el bien común, prácticas que les favorecen a ellos. Podemos lograr cierto control sobre los discursos y la información a través de las redes, gracias a la colaboración desinteresada de innumerables personas anónimas, y de esta forma romper la lógica propietaria que hasta ahora había logrado que su mensaje, el que le favorece, fuese hegemónico. En la actualidad, la educación cada vez más amplia del conjunto de la población y la facilidad de acceso a la información está favoreciendo la participación de la ciudadanía en distintos tipos de cooperativas que gestionan servicios que se perciben de gran importancia, y ante los que no se desea interactuar como mero consumidor:

En Berlín, los ciudadanos están formando actualmente cooperativas de servicios públicos para comprar y gestionar la red eléctrica de la ciudad. En la ciudad alemana de Schönau, otra de estas cooperativas de consumo gestiona tanto la red eléctrica como el suministro de gas para la ciudad.

En segundo lugar, las cooperativas pueden trabajar y colaborar entre ellas, creando sinergias y favoreciendo la creación de un auténtico ecosistema cooperativo. Una puede utilizar los servicios de la otra, aprender de su experiencia, compartir clientes o unirse para presionar intentando lograr mejoras legislativas que favorezcan el cooperativismo frente al corporativismo.

Como he dicho antes, no es necesaria una gran cantidad de capital para empezar, aunque desde luego es una barrera importante que algunas plataformas corporativas extractivas dispongan de él. Según Neal Gorenflo en su artículo How platform coops can beat death stars like uber to create a real sharing economy:


Uber no ha logrado cantidades record de capital riesgo para desarrollar una nueva tecnología. Su tecnología es pedestre. La mayor parte de ella fue desarrollada décadas atrás por el gobierno de los Estados Unidos con la financiación de los contribuyentes. Han combinado tecnología antigua de una nueva manera, pero es relativamente fácil de hacer. Los 8.000 millones que han atraído es para establecer un monopolio global – en el mundo físico, real- tan rápido como sea posible. Eso requiere mucho marketing y cabildeo, y eso es caro.


Frente a ello tenemos que mostrar a la población las ventajas de las cooperativas, como su decisión en favor de ellas es vital para su bienestar y el de sus hijos, para ello será necesaria la participación gratuita y desinteresada de cientos de miles de personas en el procomún colaborativo. Es evidente como la Renta Básica Universal podría contribuir a ello. Nos urge. Pongámonos a trabajar.

lunes, 10 de abril de 2017

¿Puede el procomún cambiar el mundo?

Las tecnologías de la información y las comunicaciones han abierto una ventana de cambio en el sistema económico, pero este cambio, de producirse, no será automático, las mayorías interesadas en él tendrán que remar para lograr una economía de producción y consumo distribuido entre iguales que permita una mejora sustancial de nuestras sociedades.



La tecnología cambia el mundo, aunque no siempre de la forma que nos gustaría. Internet y las tecnologías de la información y las comunicaciones han despertado el entusiasmo de varios ensayistas y reformadores sociales que ven en ellas una palanca para cambiar y mejorar el sistema económico. Estas tecnologías harían posible el retorno y la hegemonía de un antiguo, y olvidado, ordenamiento institucional, el procomún, común o bienes comunes.

Tradicionalmente el termino hacía referencia al conjunto de derechos de una comunidad sobre un bien o factor de producción, como por ejemplo el derecho a rebuscar espigas en la tierra después de segarla, o de llevar animales a pastar, o el de recoger las ramas que caían al suelo en un bosque. Dichos derechos eran compatibles con la propiedad privada de los campos o bosques y también podían ser ejercidos en tierras que podemos denominar, incorrectamente pero por simplificar, de propiedad comunal (1).

El procomún cayó en desuso con el auge de lo que a posteriori se denominó sistema capitalista. De hecho, la narrativa más consolidada sobre la transición de la Edad Media a la modernidad suele ensalzar el movimiento de enclosures o cercamiento de campos comunales, es decir, la limitación de los derechos de la comunidad en favor del derecho de propiedad absoluto, como factor esencial de modernización y de progreso. Dicha narrativa idílica ha sido hasta hace poco comúnmente aceptada, ya que era compartida por liberales y marxistas. Para estos últimos “el comunismo tradicional” de los comunes no era sino una forma de perpetuar la miseria y el atraso. Durante las últimas décadas hemos visto esa visión, todavía hegemónica, cuestionada, fundamentalmente por historiadores, que han señalado el papel fundamental de la violencia y el trabajo semi-esclavo en el proceso modernizador.

Un nuevo hito en el desprestigio de los comunes fue la descripción realizada por Garrett Hardin en 1968 en la revista Science de la conocida como Tragedia de los comunes. Según la racionalización de Hardin, los individuos al querer maximizar la utilidad en el uso de un recurso común terminarían sobreexplotándolo. Hardin pone el ejemplo de un pastizal comunal, los incentivos de cada ganadero individualmente son poner a pastar en él todas las cabezas de ganado posibles, y de esta forma, por ejemplo, reducir el gasto en pienso. Esta dinámica terminaría conduciendo a usar en exceso del pastizal, hasta convertirlo en un erial yermo.

Esta racionalización, basada en los preceptos sobre el comportamiento humano aceptados por la economía neoclásica de individualismo y egoísmo, chocaba frontalmente con la realidad de los comunes explotados con éxito durante siglos en la Edad Media, algunos de los cuales, por ejemplo en España, habían llegado hasta nuestros días. Elinor Ostrom se percató de esta discrepancia, poniendo de relieve las reglas que habían permitido la gestión eficiente de los bienes comunes.

Todo esto parece un debate académico sin relevancia en nuestra vida cotidiana. La opinión pública (y publicada) continúa dando vueltas a la eterna controversia entre lo público y lo privado, lo común no existe. Personalmente he intentado hablar de ello con algunas personas con las que por la circunstancia de compartir un largo viaje y una larga conversación terminas hablando de todo, y en general no se entiende. Una cuestión tan trascendente como esta, que está afectando a los pilares centrales de nuestra vida se encuentra completamente fuera del foco de atención.

Porque la emergencia del procomún puede estar siendo suficiente para desestabilizar un sistema construido sobre el frágil equilibrio del crecimiento. Los signos de alarma, lo que la epidermis muestra, son irritaciones de escasa entidad como la Wikipedia y el software libre. Se trata de productos gratuitos y elaborados de forma colaborativa, por la testarudez de algunos hackers que entendieron que era importante que la información no estuviese “cercada”, dado que su coste marginal, el coste de producir una unidad adicional, es cero. Según Paul Mason en su libro Postcapitalismo. Hacia un nuevo futuro

Si a alguno de ustedes le interesa ser “propietario” de un pedazo de información determinado (ya sea usted el líder de un grupo de rock, ya sea usted un fabricante de motores para la aviación), va a tener que enfrentarse con un importante problema, y es que esa información no se degrada con el uso, y el hecho de que una persona la consuma no impide que otra lo haga también. Los economistas denominan ese fenómeno “no rivalidad”. Una palabra más simple para referirse a él podría ser “compartibilidad” (por “compartible” o susceptible de ser compartido sin menoscabo de uso alguno).
En el precio de una canción de iTunes no tiene influencia alguna la clásica interacción entre oferta y demanda: la oferta de Love Me Do de los Beatles en iTunes es infinita. Y, a diferencia de lo que sucede con los discos físicos, el precio no varía aunque fluctúe la demanda: es el derecho legal absoluto de Apple a cobrar 99 peniques lo que lo fija.

La Wikipedia ha desintegrado el negocio de las enciclopedias, una circunstancia que apenas tiene incidencia en nuestro devenir (salvo por el hecho afortunado de que ya no llamará nadie a nuestra puerta para vender una enciclopedia), pero no por ello debemos subestimar en el impacto del procomún y las tecnologías de la información en la economía. Quién hace un curso gratuito por internet no hace un curso presencial, y quién lee un blog no compra un periódico. Hace unos meses podíamos leer en La Proa del Argo como las redes sociales están acabando con el negocio tradicional de las revistas de moda y del corazón. Todos estos pequeños impactos sumados, que en cada uno de los sectores afectados a lo mejor alcanzan a corroer no más del 10% del negocio, podrían ser suficientes para estar paralizando el sistema. Según Jeremy Rifkin en su libro La sociedad de coste marginal cero:

Tras la Gran Recesión, el PIB mundial ha ido creciendo a un ritmo cada vez menor. Aunque los economistas señalan, entre otras causas, el elevado coste de la energía, los factores demográficos, el lento crecimiento del empleo, la deuda pública y privada, la creciente proporción de la renta mundial que va a parar a los más ricos, y la prudencia del consumidor que se traduce en no gastar, puede que haya otro factor subyacente de gran alcance que, aun siendo todavía incipiente, explique al menos es parte esta desaceleración del PIB. A medida que el coste marginal de producir bienes y servicios se va acercando a cero en un sector tras otro, los beneficios disminuyen y el PIB se reduce. Por otro lado, el hecho de que más bienes y servicios sean prácticamente gratuitos hace que se compre menos en el mercado, lo que también reduce el PIB. También se venden menos productos en la economía del intercambio porque en la economía del compartir cada vez hay más personas que optan por reciclar y redistribuir productos ya comprados, y esta extensión de la vida útil de los productos también supone una reducción del PIB. También crece el número de consumidores que prefieren acceder a ciertos bienes antes que tenerlos en propiedad y deciden pagar únicamente por el tiempo que utilizan un automóvil, una bicicleta, un juguete, una herramienta o cualquier otra cosa, lo que también se traduce en una bajada del PIB. Además, a medida que la automatización, la robótica y la inteligencia artificial sustituyen a decenas de millones de trabajadores, la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores también repercute negativamente en el PIB. Y cuanto más crece el número de prosumidores, más actividad económica pasa de la economía de intercambio en el mercado a la economía del compartir en el procomún colaborativo con la correspondiente contracción del crecimiento del PIB.

Tras ser instituido el mercado como elemento central organizador de la economía esta ha venido desarrollando un comportamiento cíclico, con ciclos cortos y largos. Los ciclos largos se han caracterizado por el cambio tecnológico. Así, cuando un conjunto de tecnologías alcanzaban su madurez, por ejemplo el ferrocarril y la caldera de vapor, sobrevenía un periodo largo de estancamiento, que se rompía con la aparición de nuevas tecnologías (electricidad, motor de explosión, automóvil), cuyo despliegue provocaba una nueva fase alcista. Las tecnologías de la información y las comunicaciones serían la primera excepción a este patrón, ya que por sus características no favorecerían la economía del intercambio, sino la del compartir. Considero que esta tesis, dados los hechos, es cierta, al menos parcialmente. De esta circunstancia Rifkin deriva, de una forma determinista que recuerda al pensamiento marxista (las instituciones determinadas por las condiciones materiales, en este caso la tecnología), la emergencia ineludible de un nuevo sistema económico, horizontal y basado en la abundancia, en lugar de la escasez.

Junto al hecho de que la información sea un bien no rival cabe señalar en favor de esta tesis el carácter distribuido de la producción en red a la que da lugar, característica que es compartida por las energías renovables. La propia naturaleza de estas redes hace que sea lógico facilitar el acceso al mayor número de personas. Según Rifkin:

Rose señala con agudeza que el derecho consuetudinario de celebrar festejos en el procomún es pertinente al debate actual sobre el derecho de acceso universal a los espacios sociales de Internet. Rose afirma que cuantas más personas participan en festivales, bailes, deportes y otras actividades sociales en la plaza pública, “más valor tienen esas actividades para cada participante”. Según ella, esto <<es lo contrario de la “tragedia del procomún”: es la “comedia del procomún” que se expresa de manera tan acertada en la frase “cuantos más, mejor”>>

Sin embargo, yo veo problemas bastante evidentes para que fluya este nuevo maná tecnológico. La estructura de poder en nuestra sociedad es la que viene heredada del sistema económico vigente, muy desigual. Los actores relevantes usarán su poder para mantener el sistema tal y como está, de hecho ya lo están haciendo. Según Mason:

Ante el hecho de que la información corroe el valor, las empresas responden con tres tipos de estrategia de supervivencia: la creación de monopolios sobre esa información y la defensa enérgica de la propiedad intelectual; el enfoque consistente en “patinar hasta el filo del caos”, tratando de sobrevivir en ese diferencial que queda entre la oferta en expansión y la caída de los precios; y el intento de capturar y explotar una información producida socialmente, ya sea obteniendo datos cedidos por sus consumidores, ya sea imponiendo contratos a sus programadores que estipulan que la empresa es dueña del código que estos escriben en su tiempo libre.

Cabe destacar que los monopolios parecen ser la norma en el sector de las tecnologías de la información y las comunicaciones (Microsoft, Google, Apple, Amazon, Facebook). Tal parece ser, según nos aclara Mason, el estado natural de las cosas:

En el infocapitalismo, un monopolio no es táctica inteligente más con la que maximizar beneficios: es el único modo de mantener un sector de negocio. Asombra el pequeño número de compañías que tienen posiciones dominantes en cada uno de ellos. En sectores tradicionales, por ejemplo, lo normal es que existan de cuatro a seis grandes actores en cada mercado: las cuatro grandes empresas de contabilidad; los cuatro o cinco grandes grupos de supermercados; los cuatro grandes fabricantes de turborreactores. Pero las marcas señeras del ámbito de la infotecnología necesitan un dominio total de cada uno de sus mercados: Google necesita ser la única compañía en el terreno de los buscadores; Facebook tiene que ser el único lugar en el que las personas construyan su identidad digital; Twitter, el foro por excelencia donde publican sus pensamientos; iTunes, la tienda de música digital de referencia; etcétera.

Ello, y este es un punto esperanzador, nos conduce inevitablemente a un menor bienestar del que podríamos alcanzar, citando ahora a Christian Laval y Pierre Dardot en su libro Común. Ensayo sobre la revolución del siglo XXI:

Según Charlotte Hess y Elinor Ostrom, el problema fundamental del conocimiento se reduce hoy en día a un problema de captura digital […] La productividad del conocimiento debe ser garantizada por reglas bastante parecidas a las que protegen la renovación del stock de recursos naturales. No poder o no querer establecer estar reglas sociales conduciría directamente a lo que Michael Heller, a propósito de los derechos de propiedad en el campo de la investigación biomédica, ha llamado “la tragedia de los anticomunes”. Se trata de impedir el agotamiento de la innovación y de la creación, engendrado por los derechos de propiedad y la comercialización.

Y señalo que este punto es esperanzador dado que la sociedad civil, si alguna vez supera su peligrosa fascinación por la tecnología y por personajes como Elon Musk, el nuevo superheroe del sistema, evidentemente se rebelará contra esta pérdida de bienestar, siempre que esté informada de ello, y considero que es probable que lo esté, dado que precisamente las tecnologías de la información y las comunicaciones están corroyendo también el dominio de las élites sobre lo pensable, como prueba que Donald Trump haya ganado unas elecciones sin el apoyo de ni siquiera un medio de comunicación convencional.

Quizás más preocupante que la estructura de poder heredada del anterior sistema económico sea la facilidad con la que Rifkin y Mason extrapolan el principio del coste marginal cero al conjunto de la economía. Sí, es cierto, producir una unidad adicional de información tiene un coste cero, pero no ocurre lo mismo con un tomate, una unidad adicional necesita más tierra, más agua y más insumos. Lo mismo puede decirse de un automóvil, una unidad adicional, a pesar de que sea un bien que contenga cantidades ingentes de información, seguirá teniendo un coste marginal elevado.

Siendo realistas lo que cabe esperar es que las élites utilicen el poder que mantienen en los sectores económicos tradicionales para afianzar monopolios en el sector de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Si el desempleo y la miseria se va fuera de control siempre se puede recurrir al Estado para que reparta algunas migajas, por ejemplo mediante un plan de empleo público garantizado que apuntale el sistema.

Con este realismo no quiero desanimar a todos aquellos que creen que es posible mejorar las condiciones de vida de los seres humanos, al contrario, tenemos un palanca en la que apoyarnos, sin embargo esta no actuará por si sola, tendremos que ser nosotros los que con nuestras acciones propiciemos el cambio. Precisamente el actuar común está en el núcleo del cambio de paradigma. Volviendo a Laval y Dardot:

La consecuencia que aquí extraeremos es que el término “común” es particularmente apto para designar el principio político de una coobligación para todos aquellos que están comprometidos en una misma actividad. En efecto, hay que entender el doble sentido contenido en munus: al mismo tiempo la obligación y la participación en una misma “tarea” o una misma “actividad” -de acuerdo con un sentido más amplio que el de la estricta “función”-. Hablaremos aquí de actuar común para designar el hecho de que haya hombres que se comprometen juntos en una misma tarea y produzcan, actuando de este modo, normas morales y jurídicas que regulan su acción. En sentido estricto, el principio político de lo común se enunciará, por tanto, en estos términos: “sólo hay obligación entre quienes participan en una misma actividad o en una misma tarea”. Excluye, en consecuencia, que la obligación se funde en una pertenencia dada independientemente de la actividad.

Este principio de lo común puede extenderse más allá del ámbito de las tecnologías de la información y las comunicaciones. Dardot y Laval ponen el ejemplo de la agricultura, con un común de semillas:

Tenemos ahí un buen ejemplo de la institución de común mediante la fijación de ciertas reglas, destinadas al mismo tiempo a luchar contra la biopiratería y a asegurar una puesta en común efectiva de los saberes, ya que esta puesta en común no es únicamente local sino ya transnacional. Tal institución, lo más alejada posible de lo que es el Banco Mundial de Semillas -controlado por los Estados y por las grandes empresas-, ganaría coordinándose con otras instituciones del mismo tipo a escala mundial, de tal manera que se creen las bases para un común mundial de semillas. En todo caso, un ejemplo como éste nos enseña que la “guarda” de un común sólo puede ser confiada a quienes hacen de él un co-uso, y no a los Estados, que no pueden ser considerados como los guardianes de las “cosas comunes” encargados de dictar las leyes de obligado cumplimiento. El uso instituyente de los comunes no es un derecho de propiedad, es la negación en acto del derecho de propiedad en todas sus formas, porque es la única forma en que es posible hacerse cargo de lo inapropiable.

Es necesario que la población tome conciencia de la emergencia de este principio de “lo común”, en contraposición a lo público y lo privado, y que usemos las instituciones que tenemos (aún cuando queramos cambiarlas) para potenciarlo. Es evidente la potencia que tendría una Renta Básica Universal para dinamizar el trabajo colaborativo y horizontal en el procomún, por poner sólo un ejemplo, quizás el de mayor transcendencia.

La posibilidad existe, en este artículo hemos explorado parte de ella. En uno posterior hablaré de la economía colaborativa, un tipo de actividad potenciada por las tecnologías de la información y las comunicaciones, ya que se suelen utilizar plataformas digitales como medio para conectar a los prosumidores interesados en el intercambio. El potencial disruptivo de la economía colaborativa es enorme, por ello merece un análisis específico.


(1) No es muy correcto hablar de propiedad comunal, dado que en realidad se trata de cierto tipo de derechos que los usuarios pueden ejercer sobre el bien, y que excluyen la mayoría de los usos que un auténtico propietario puede dar a un bien de su propiedad, por ejemplo venderlo, destruirlo, etc.

martes, 28 de marzo de 2017

Cambio será el nombre que tendrá

La auto-restricción que seria necesaria para conseguir frenar el crecimiento del capitalismo salvaje y egocéntrico no ocurrirá. Es un simple problema lingüístico, el problema del significado intrínseco de dos palabras  "restricción y regulación". Ambas describen un estado de deficiencia como fin del discurso.

Igual que palabras como "limitación" o "transitoriedad" sugieren un estado de hambre o ausencia de cosas. Es por eso que un gran porcentaje de personas no considera cambiar su estilo de vida a uno mas simple pero mas libre y autónomo. Porque piensan que lo que sería necesario es una limitación de su calidad de vida.

Son estas dos palabras las que impiden un cambio de discurso hacia un decrecimiento de verdad. "Restricción y regulación" directamente se asocian con falta de libertad individual. Y sí, es correcto que el individuo debe ponerse en segunda fila dentro de un conjunto social y económico que pretende funcionar de forma justa y saludable. Pero no podemos asociar o incluso definir esta segunda fila con términos de tan mala connotación. Los hay mejores.

Para restricción es importante hacer notar que todo en nuestra vida esta restringido de algún modo debido a condiciones ajenas a nuestra persona. Solo el capitalismo pretende sugerir que estos límites no existen. No obstante hemos de acordar otra palabra para esta limitación natural que compartimos todos. Vamos a llamar la restricción a partir de ahora "realidad" ... 




me gusta porque realidad implica que no podemos usar, gastar o consumir lo que no está a nuestro alcance o simplemente no existe. Por ejemplo tenemos 1500 euros ahorrados. Queremos una moto nueva pero nos gusta el modelo que vale 2200.

Kant preguntaría ahora: "¿Qué debo hacer?" El sentido común, la moral cristiana y mi bolsillo dicen que no puede ser el modelo deseado y me he de conformar con el modelo que vale lo que tengo. Pero el bombardeo publicitario me da argumentos para justificar una moto con prestaciones superiores y totalmente irrelevantes para un uso correcto y voy al banco con el fin de que me financian la diferencia. He entrado en una trampa moral cuya única salida hoy en día, incluso los socialistas, llaman auto-restricción.    
           
Resumiendo: quiero algo cuyo valor monetario no tengo, salgo de mi realidad económica y entro en una esfera ficticia con la ayuda del dinero virtual prestado por los bancos.

Llega el día que no puedo pagar las cuotas de la moto. La vendo por la mitad de su precio de adquisición, es decir, por 1100 euros. Pero los 700 euros prestados por el banco han acumulado intereses y casi llegan ya al precio por el cual he conseguido venderla. En total he perdido 1500 euros en un solo año y de nuevo no tengo moto. Esto es lo que la mayoría de gente hoy en día considera restricción -- vender la moto-- apretarse el cinturón. Yo lo llamo volver a la realidad.

El otro término "regulación" es algo más complejo pero no menos intrigante de analizar. Contiene la palabra "regular". Regular es la media, la norma o "lo normal". Regulación entonces se refiere a normalizar algún proceso o estado dentro de una sociedad. Normal a su vez está asociado con la palabra "normas" y allí vamos al grano de la regulación. Se dedica a establecer normas válidas para un grupo o todas las personas de una sociedad, con el fin de lograr una configuración social justa.




Norma que regula, regla que normaliza. Somos muy justos cuando otros la violan y muy tolerantes cuando nosotros consideramos que es mejor ignorarla. De este modo la regulación es como un ser dinámico que se usa cada día para posicionarnos dentro del conjunto social y cultural. Regulación a su vez es el instrumento que enlaza los procesos abstractos de la economía con los de la naturaleza humana. Actualmente es entendida como el vehículo que lleva la protección de la justicia humana a las actividades económicas y políticos.

Pero como este término esta cargado de connotaciones ideológicas y es sospechoso de ser un ladrón de la libertad individual, pues también le quiero llamar de otra forma: regulación es el ejercicio práctico de humanidad. Bien, quiero entonces una realidad humana que crezca a medida que las personas pueden mantener autonomía sobre su desconocimiento* y no una restricción regulativa o regulación restrictiva que censura conocimiento a medida que un partido político lo impone para mantener un estado nacional con su ideología respectiva. 

Las cooperativas (sociales, culturales, energéticas, científicas, agrícolas, sanitarias etc.) tienen muchísima experiencia en tratar y gestionar la realidad humana a gran escala (Avanti tiene más de 100 mil empresarios-trabajadores). En una cooperativa los miembros son a la vez dueños y empleados, por tanto son relativamente inmunes a entrar en realidades virtuales con los bancos, y además no pueden permitirse tomar decisiones que son injustas para los demás porque se perjudican a ellos mismos directamente.

Claramente esto romperá el salvajismo financiero y también el concepto grotesco de estado nacional y el mundo podrá finalmente organizarse de una manera cooperativa. El sistema de ahora que tiene como único fin el máximo beneficio, no tiene respuesta a la organización autónoma e independiente de grandes cooperativas, España es la prueba que existen dos realidades conceptuales en paralelo. Una en la que políticos de partidos y empresarios del capitalismo clásico se pelean sobre margenes de regulaciones y restricciones y otra en la que ya se ejerce una realidad humanista.


* “autonomía sobre desconocimiento" en este contexto se refiere a que todo lo que uno no sabe, no lo sabe porque lo ha decidido por propia voluntad y no porque hay una ideología que regula y censura el tipo y la profundidad de conocimiento que tiene una persona en su contexto cultural y social.
 
En el socialismo por ejemplo no hay alternativa a saber de la importancia del bien común y su ejercicio práctico de cada día. Por eso sociedades las socialistas están repletas de mensajes de tendencia altruista que invaden la autonomía del individuo sobre la decisión de cuanto se ayuda o implica con quien y por qué. El internacionalismo, la idea originaria del socialismo, requiere una constante lucha contra el desconocimiento sobre relaciones inter-políticos  a escala global.

También por ejemplo en el capitalismo es preciso que la gente pierda el desconocimiento sobre las dinámicas de la teoría económica financiera. En consecuencia los medios de comunicación y sistemas educativos bombardean a la población con constante información y "educación" sobre el sistema financiero, hasta que este conocimiento se convierte en la única realidad lógica y pensable. 

Siempre hay un desconocimiento que se ha de regular según el tipo de ideología que esté en el poder.

En ambos casos, el sistema no puede tolerar desconocimiento voluntario sobre campos de conocimientos muy concretos. Solo así puede ejercer su poder.

lunes, 27 de marzo de 2017

¿Estamos atrapados? El rol del mito en el bloqueo tecnológico-institucional

“Si se le ofrece a un hombre un hecho en contra de sus instintos, lo examinará minuciosamente, y a menos que la evidencia sea abrumadora, rechazará creerlo. Si, por otro lado, se le ofrece algo que permite un razonamiento de acuerdo con sus instintos, lo aceptara sin apenas evidencia. El origen del mito se explica de esta manera  

Bertrand Russel (1919) en Proposed roads to freedom: socialism, anarchism and syndicalism (pp. 147)

1.  El fundamental concepto de lock-in tecnológico y su mitología asociada

Ninguna clase ha tenido tanto impacto en mí en los dos últimos años como estudiante de Máster en Estudios Ambientales y Sostenibilidad en la universidad de Lund, Suecia, como la que la investigadora Maja Essebo nos brindó hará cerca de un año.

Maja estudió en su tesis doctoral la relación entre dos conceptos fundamentales a tener en cuenta a la hora de proponer políticas enfocadas a la sostenibilidad socioecológica y a los posibilismos tecnológicos. Son los conceptos de mito y su rol legitimador en procesos de lock-in (bloqueo) institucional o tecnológico, es decir, el rol que tienen ciertos discursos/narrativas/historias que perpetúan una serie de inercias y dinámicas ante la aparente imposibilidad de cambiar el rumbo  de manera que repensar los marcos de actuación de los distintos agentes sociales se hace una quimera.

Sus trabajos se pueden consultar aquí y su tesis doctoral aquí (en inglés, descargar haciendo clic a los enlaces en PDF en lengua sueca). Como mencionaba, en su trabajo analizó el rol que tiene la mitología en la legitimación de políticas específicas de movilidad orientadas al transporte. En palabras de Maja:


“El mito estudiado en profundidad en esta tesis es el que fundamentalmente apoya y promueve las prácticas de alta movilidad y su consiguiente lock-in en el sistema, al cual llamo el mito “de la prosperidad a través de la movilidad”. La movilidad, afirma el mito, es el buque insignia de la sociedad, así como del progreso individual. Es la piedra angular y configura las arterias de la sociedad moderna. Aunque sin negar su problemática del todo, la movilidad se considera como una fuerza positiva en la sociedad y, es más, una fuerza de la cual no podemos prescindir. Los defensores del mito actúan bajo estos supuestos, apoyando y dirigiendo la movilidad permitiendo procesos que incluyen desarrollos de las infraestructuras y apoyo institucional”.



A pesar del incremento en el uso de combustibles fósiles (de los cuales el transporte depende en más de un 95%), de la extracción de más y más materiales y de los impactos ambientales asociados (casi nunca discutidos en el discurso de unas élites urbanitas muy alejadas de los procesos de extracción y destrucción ecosistémica) la investigadora sueca nos narró en clase, fascinada, la reacción de algunos políticos a los que había entrevistado y que estaban involucrados en el proyecto SMILE (Sustainable Mobility for peopLe in urbana aReas), financiado por la UE e impulsado por la ciudad sueca de Malmö. Las conclusiones fueron muy claras:


“A través de las entrevistas con los trabajadores del proyecto (administradores y practicantes del municipio de Malmö, los evaluadores del proyecto y los representantes de la compañía pública de transporte) pude concluir que el mito de la prosperidad a través de la alta movilidad tuvo una importante influencia en la estrategia sobre el desarrollo del plan de movilidad en el día a día. Las estrategias de rechazo (desestimando las alternativas al camino/mito escogido) y el concepto de desmaterialización fueron usadas principalmente para mantener una coordinación discursiva centrada en el mito. La estrategia alternativa desestimada fue la de reducir/limitar la movilidad ya que ésta, en relación con el mito, limitaría o revertiría el desarrollo regional definido como crecimiento económico. Únicamente los representativos del transporte público veían como viable una movilidad limitada, la cual fue rechazada por las autoridades municipales”.


Maja sigue narrando como este proceso de inercia institucional y tecnológica acaba viéndose como algo positivo pues permite ver alternativas no disruptivas frente al discurso del crecimiento tan asentado en nuestra sociedad:


“Una vez desestimadas las estrategias de restricción de la movilidad, la opción que quedaba era la de una sustitución de modalidades de transporte no sostenibles (coche) a sostenibles (tren, autobús, bicicleta, a pie). Este cambio permitía una lealtad constante al mito de que esos “nodos verdes” no están sujetos a los mismos, o ningunos límites. El lock-in en sí mismo pues no se define como problema sino como éxito dado que más elementos (institucionales y de infraestructuras) están alineados con la actual estrategia “sostenible” de escalabilidad (incremento) de la movilidad”.


Es decir, al enfrentarnos ante lock-ins (literalmente cerrojos o bloqueos) de todo tipo la solución siempre pasa, en el actual sistema y discurso por un incremento de la complejidad material y energética de la sociedad o sencillamente negándola cuando se afirma que la economía se desmaterializa, cosa que sabemos que no es verdad o que con una mayor eficiencia energética se consigue la sostenibilidad cuando sabemos que por los efectos de la Paradoja de Jevons o el efecto rebote mientras haya posibilidades de crecimiento dentro del marco biofísico natural e institucional las reducciones en energía de un lugar tienden a rebotar a otros sectores, de hecho esta es la fundamental dinámica de la modernidad fosilista.

Según el investigador de la universidad de Utah Tim Garrett, físico centrado en modelar distintos aspectos del cambio climático y que publicó un artículo en 2008 sobre la física del crecimiento a largo plazo de la economía encontró que la potencia (definida en joules consumidos al año) se correlaciona muy bien con el crecimiento de la riqueza mundial calculada en dinero y ajustada a la inflación a través de una relación entre ambas variables que llama λ:


La implicación más fácilmente apreciable de la constante λ es que el incremento del PIB requiere un constante incremento de la capacidad de potencia. La cuestión del incremento de la riqueza se desplaza del enfoque convencional de la economía a uno que se centra en el análisis de la disponibilidad geológica de las reservas fósiles: ¿Conseguiremos descubrir nuevas reservas a un ritmo superior al que los consumimos o conseguiremos pasar a un sistema renovable? Si no podemos ¿Qué hacemos entonces? Y, si podemos, ¿Qué implica un crecimiento del uso de combustibles para nuestro clima?


Si bien parece desprenderse de su análisis un determinismo termodinámico que considero exagerado, como comentaba Carlos de Castro en un artículo hace un par de años existen límites absolutos de índole muy diversa y muy por debajo de los que nos pone la segunda ley de la termodinámica (esta ley afirma que el reciclado energético es imposible y que por tanto una vez usamos una fuente energética se disipa irreversiblemente en forma de calor no recuperable). Sin embargo, la inercia de la modernidad fosilista de los últimos 200 años y del discurso muy asentado del progreso, sí que parece, como muestra el trabajo de Maja Essebo, que tiene un papel fundamental a la hora de proponer políticas de movilidad sostenible (que en realidad pueden no serlo) y que contribuyen a mantener la inercia estructural de crecimiento en las infraestructuras, apoyadas por un discurso basado en la compatibilización del crecimiento con la sostenibilidad ambiental y social (crecimiento verde o desarrollo sostenible). Desde una perspectiva de los sistemas complejos, además, como nos muestra Joseph Tainter, cuando un sistema social complejo no puede expandirse se tienden a buscar soluciones basadas en incrementar la complejidad que si fracasan suelen llevar a colapsos abruptos como el notorio caso de antiguas civilizaciones como los Mayas, de la isla de Pascua o de los viquingos.

Cuando Maja preguntó a algunos de los principales participantes del proyecto SMILE sobre que entendían por movilidad sostenible se desencadenaron reacciones de confusión y disconformidad que aludían a frases como “es de sentido común” o “es tan evidente que no requiere una definición”. Cuando fueron específicamente preguntados por la cuestión del agotamiento de los recursos la respuesta de uno de los entrevistados fue “en este sentido casi nada del proyecto es sostenible, pero es un paso en la dirección adecuada”. Éste último entrevistado afirmaba que prefería usar la palabra accesibilidad en vez de movilidad afirmando lo siguiente:


“La accesibilidad sostenible es el tipo de accesibilidad donde tu accesibilidad a una actividad o lo que sea no limita la de otro. De alguna manera como una noción de libertad liberal.” (Essebo, 2013, pp. 63)


Al relacionarlo con las dimensiones más específicamente económicas y sociales de la sostenibilidad, uno de los participantes comentó lo siguiente:


“La sostenibilidad ecológica es el marco, no podemos excederla porque entonces destruimos la Tierra y las precondiciones para la vida. Y la sostenibilidad económica es el lubricante, de manera que podamos alcanzar el objetivo de la sostenibilidad social.” (Essebo, 2013, pp. 63)



Otros participantes apuntaba que el uso de combustibles verdes como el etanol son sostenible pese a que Suecia importa una cantidad muy importante de combustibles de plantaciones de monocultivos que arrasan selvas tropicales, de que los biocombustibles tienen un retorno energético muy bajo en relación a los recursos empleados de tierra, trabajo, energía y capital tecnológico y de que en vez de contribuir a un desarrollo rural sano se dedica a centralizar el uso de la tierra y expulsar comunidades de ésta como vemos en los habituales procesos de acaparamiento de tierras (o land grabbing en inglés) que se dan en muchos países africanos o asiáticos.

Nos encontraríamos con un discurso muy parecido en cualquier urbe del mundo, quizás con alguna excepción con algunos ayuntamientos del cambio como en Barcelona. Incluso en estos ayuntamientos se es consciente de la dificultad de poder proponer políticas que vayan más allá del crecimiento y de su asociado incremento en las interconexiones necesarias para una economía incrementalmente globalizada. De hecho, solo mantener el actual metabolismo de una ciudad tecno industrial (mantenimiento de la infraestructura de tuberías, de asfalto, de transporte público…) requiere un uso de energía y materiales descomunal y que ahora mismo se antoja insostenible tanto por su gran impacto ambiental como por su dependencia de recursos no renovables cerca de su pico o ya pasado éste. 

2 ¿Cómo se construye el mito?

Descartando la mala fe y un complot crecentista que trata deliberadamente de ocultarnos cierta información y evidencias pienso que es más adecuado pensar en que muchas de las motos que nos han vendido en las últimas décadas ya no se justifican de manera alguna. Así pues ante la imposibilidad de salir de una configuración institucional en la que el sistema financiero y las grandes élites económicas, a través de la creación de dinero bancario privado debe buscar dinámicas de crecimiento (a su vez relacionadas con mayores usos de energía y materiales), se debe buscar una mitología como la presentada, una narrativa que pueda legitimar que se asuman como sostenibles determinadas políticas y niegue otras. Así pues ¿Cómo se define ese mito?


“El mito no es, en este sentido, una historia falsa para entretener o desacreditar sino una historia basada en creencias naturalizadas que otorgan un sentido de supremacía a lo obvio. A través del proceso de creación de una trama, los mitos crean lógicas internas que ayudan a aliviar la ansiedad, racionalizar el comportamiento y naturalizar la sociedad y las convicciones individuales. Como tal, los mitos son una parte fundamental y habitual de nuestra vida. El mito de la movilidad sostenible no es una sino dos caras de la misma moneda – el del discurso del desarrollo como crecimiento económico y el discurso de la sostenibilidad – los cuales se mezclan a través de una trama que se naturaliza. Se basa en los miedos del colapso económico y ecológico, y aunque el miedo es una característica esencial del mito y una fuente importante del poder del mito también ofrece esperanza. La esperanza subyace en la promesa de unas tendencias al incremento de la movilidad y al mismo tiempo conservar un mundo en condiciones para las futuras generaciones” (Essebo, 2012, pp. 1).


Como comentamos en nuestro último artículo crítico sobre tecnología el mito es una herramienta muy poderosa y absolutamente necesaria para las sociedades para deflactar la incertidumbre en procesos fuera del control humano. ¿Cómo gestionar la ansiedad de no saber si el cambio climático no dejará un futuro digno a nuestros hijos en un contexto de lock-in institucional y de nuestras infraestructuras? ¡Asumiendo que con unos pocos retoques al sistema actual de progresos “saludable” será suficiente para evitarlo y que no se necesitarán grandes cambios! La mitología pues, más allá de su uso peyorativo, es imprescindible para mantener la cohesión social y en una sociedad tan compleja e impersonal como la nuestra se necesita con bombardeo muy fuerte en cada una de las esferas vitales, de ahí la importancia del marketing y la publicidad, los medios de masas o la educación formal. Todos ellos son instrumentales en el mantenimiento de la confianza social canalizada a través de las distintas instituciones formales y no formales.   

El mito por tanto no se debe tomar en el sentido de si algo es “verdadero o falso” sino en si es relevante o útil o no para un determinado grupo de personas que lo suscriben y que determinan lo que para ellas es natural en función de sus creencias, convicciones y especialmente su día día más práctico. Si el discurso crecentista todavía no ha colapsado es porque todavía hay muchos sectores en crecimiento y como un nuevo vocabulario (lo smart, la integencia artificial, los robots, los smartphones…) es instrumental a las prácticas de las clases medias y altas del mundo pues lo que “ven” y “perciben” en su día a día a través de toda una serie de símbolos, fotos, textos y unos rituales que configuran la articulación práctica en el marco de la acción física.

Una vez definido el mito, Maja pasa a identificar cuatro elementos fundamentales para la construcción, legitimación y mantenimiento de un determinado mito. ¿Cómo se da ese proceso de construcción del mito?

1)   Trama: consiste en una presentación cronológica y ordenado de sucesos instrumentales en la naturalización del mito de manera que se genere un consenso basado en el “sentido común”. Es de sentido común “creer en el progreso pues nunca la humanidad había estado mejor” sería un ejemplo de esto. A continuación, se nos mostrarían imágenes, textos o algún experto que nos explicara los sumamente mala que era la vida de los humanos antes del progreso (aunque nunca nos explican porque las tasas de suicidios y adicciones parecen ser muy superiores en nuestra sociedad). Es la construcción del newspeak de Orwell en el que desaparecen ciertas palabras y se asientan otras a través del proceso de doblepensar que el fantástico autor británico describe en su obra maestra 1984

2)   Trascendencia: consiste en el cambio a mejor cuyo último objetivo es la perfección o utopía. Como ejemplo Maja nos narra como el plan de Malmö de 2013 se articula en relación al futuro:


“Malmö 2032 is even closer to the continent, a given part of continental Europe. The permanent link across Fehmarn Belt and the high speed trains that run through central Malmö and Kastrup to Hamburg have further expanded the region. Kastrup Airport has reached increased international importance. The Öresund Metro between Malmö and Copenhagen is almost realised. The cooperation between the two cities has led many to consider them as one and the same city.” (Essebo, 2013, pp. 53).


3) Miedo a una alternativa: consiste en nombrar al “enemigo” y a la vez proponer soluciones. Así pues, la movilidad rápida basada en el crecimiento es vista como positiva mientras que cualquier restricción o propuesta de menor complejidad es vista como atrasada y problemática.

4)  Naturalización y narradores: Esta es la función principal del mito y consiste en que la narrativa sea obvia. Trata pues de que lo ordinario no sea cuestionado de manera que no tengamos que reflexionar. De no ser así, de cuestionarse continuamente uno sus propias acciones, se llevaría a una situación de ansiedad, inacción e indecisión que llevaría al colapso. Distintos narradores (expertos, líderes, pioneros u otras formas no materiales como los anuncios, libros, videojuegos…) deben repetir constantemente los mantras del mito de manera que se asuma como hecho.

3.  Deslegitimar no es suficiente. La necesidad de contra-mitos creíbles

“Dado que mantenemos el pasado como guía colectiva para nuestro comportamiento, el consenso general se modifica muy lentamente”

David Lowental en Geography, Experience, and Imagination: Towards a Geog
raphical Epistemology (1961)


Maja deja para la investigación futura el proceso de creación de contra-mitos o contra-narrativas. Ofrece algunas pistas cuando afirma, de la mano del académico Barthes que “la mejor arma contra un mito es quizás la mistificación de éste y la creación de un mito artificial”. Hasta ahora creo que los que criticamos el discurso crecentista tenemos dos problemas fundamentales que hay que reconocer o no avanzaremos.

En primer lugar, pese a poseer muchos argumentos deslegitimadores con una validez notable (las críticas al concepto de eficiencia energética, desmaterialización, energía libre e infinita, crecimiento verde…) NO tenemos un diagnóstico suficientemente robusto de las dinámicas sociales y ecológicas o al menos no a la escala necesaria en que sea relevante para el día a día de las personas (más allá de grandes generalidades).  En parte es debido a que los cambios en un sistema tan complejo como el nuestro son lentos. En parte eso es debido a que el propio sistema camufla realidades y no nos permite acceder a ciertos datos necesarios para una visión más completa, pero por otro lado se debe también a que los críticos tendemos a quedarnos también en nociones muy simplonas y en asumir que los cambios radicales son factibles en un sistema complejo de muchos lock-ins a nivel tecnológico, cultural, institucional, energético y finalmente de las infraestructuras. El mismo mundo académico de los expertos tiene parte de culpa al perpetuar metodología y supuestas teorías que nos pueden ofrecer soluciones como la famosa TRE (de la cual haré un artículo en un futuro no lejano), los conceptos de “huella ecológica” o los análisis de ciclo de vida muy limitados.  Aquí es donde a mi juicio los análisis biofísicos más rigurosos, multi-escala de metabolismo social en combinación con otros más dinámicos (quizás de dinámica de sistemas) nos pueden dar un mejor diagnóstico. ¡Ah! Y hasta que no tengamos unos centros estadísticos rigurosos (para lo que no hay voluntad) será imposible poder entender bien ciertas partes del sistema. No es factible por ejemplo exigir reducciones importantes en el consumo energético y esperar que el sistema no colapse y se produzca un considerable caos social en muchas urbes. El actual debate sobre la prohibición que los vehículos privados ha suscitado en Barcelona es un claro ejemplo de que no es tan sencillo cambiar inercias tan poderosas en un sistema, ni aún con aparente buena voluntad y vocación de sostenbilidad.

En segundo lugar, al no tener un diagnóstico lo suficientemente robusto se proponen ideas que se quedan a medio camino entre lo posible y lo ideológico como sucede con muchas iniciativas decrecentistas muy genéricas y las meras ideas de bombero (de las que corren ríos de tinta muy a menudo bajo títulos como “100 manera de cambiar el mundo”). Pese a que algunas de estas ideas apuntan maneras necesitamos propuestas que intenten abordar las interacciones entre los distintos sectores sociales y tecnológicos. No vale con repensar solo el sistema agroalimentario de forma aislada sino ver qué implicaciones tiene su cambio con la energía, el sistema financiero y la vida de aquellos agricultores que dependen de la insostenibilidad del sistema (y que en muchos casos son tan víctimas de los procesos de lock-in como los que criticamos eso). 

Deslegitimar un sistema y criticarlo cuando creemos que no es justo o sostenible es necesario, pero debemos mostrar empatía con aquellos que no simpaticen con nuestras ideas. Debemos entender que en muchos casos han sido muy condicionados por dinámicas que se escapan de su control (familiares, laborales…) y que lo más importante es entender los componentes estructurales que emergen como un todo en el sistema y buscarle posibles soluciones. Si no corremos el riesgo de caer en una queja permanente y pedante, en un cinismo vacío que no proponga un contra-mito poco efectivo. La resacralización de la naturaleza como imperativo moral debe ser guía fundamental después de siglos de destrucción ecosistémica. Debemos asumir al mismo tiempo que lo que no nos gusta debe colapsar y colapsará, aunque a mi juicio hacerlo de forma precipitada y sin una batería de propuestas bien estudiadas con sus pros y contras y enmarcadas en varios escenarios es contraproducente, al menos a escalas grandes como la nacional. Hasta ahora hay muchas y variadas ideas, pero pienso que todavía nos falta un discurso más coherente del sistema en su conjunto. La especialización y complejidad de nuestra sociedad contribuyen a generar silos aislados incluso en sectores transicionistas y académicos a menudo desconectados. Debemos hacer un esfuerzo por no ir a las soluciones fáciles. 

No pretendo tampoco afirmar que no haya iniciativas positivas de transición, pero debemos aceptar las limitaciones de muchas de éstas, y las limitaciones que nuestros contra-mitos puedan tener. Se trataría pues de, como proponen los principios de la permacultura, aceptar las retroalimentaciones y la información que nos proporciona nuestro aprendizaje en transición estando siempre abiertos a la crítica y la innovación dado que por definición en un momento de cambio y de mucha agitación no es recomendable encerrarse en determinadas ideas muy reduccionistas y que puedan no contribuir a nuestros objetivos.

Sin desvirtuar las nuevas propuestas de tipo radical debemos ir con cuidado, no vaya a ser que propongamos cosas contraproducentes o peor aún, que puedan ser apropiadas por dinámicas insostenibles de nuestro actual sistema socioeconómico y analizar con cuidado los posibles lock-ins. En el próximo artículo hablaremos de la una posible herramienta para trabajar en este sentido, la Teoría de la Transición (o transition management – TM - en inglés), de cómo ha sido aplicada en algunos contextos y de cómo aplicarla en un sector en concreto, el de la agricultura.


Nos queda pues, un largo camino por recorrer en el que conectar muchas piezas del apasionante puzle de la gran transición… ¿Saldremos del lock-in? Las contradicciones se acaban resolviendo y está en nuestras manos sino controlar, al menos apuntar a dinámicas menos destructivas…

Referencias - Para saber más: